sábado, 26 de junio de 2010

En la Esquina de las Banderas

“Permítame decirle mi caballero que desde pequeñita se me enseñó a ser pobre pero honrada. Claro que en estos tiempos modernos y en el villorrio de donde vengo ser ambas cosas cada vez es más difícil. El dinero nunca alcanzaba para llegar a fin de mes y siempre debía pedirle unas monedas a la señora Rosa que aunque igual que yo vendía bizcochos en la feria su hija, la Juanita, le enviaba siempre alguna platita por correo.
La señora Rosa no dejaba de contarme lo bien que estaba su hija trabajando como empleada doméstica en Santiago – los chilenos no saben cocinar por eso nos pagan bien por hacerlo, usted es buena cocinera debería probar suerte allá en el sur – siempre me decía.
Un día me armé del valor y con unos pocos ahorritos tomé el bus hasta la frontera donde por obra de Nuestro Señor de Mayo la inmigración me dejó pasar y continué camino hasta Santiago. Imagínese si son casi dos días de viaje en total.
Acá en el barrio Santo Domingo, la pequeña Lima como le llaman ustedes, encontré a la Juanita pero ahí me di cuenta que sus trabajos no tenían nada de domésticos, pero no la juzgo mire usted caballero. Si yo hubiera tenido sus caderas, sus tetas y unos veinte años menos también me hubiera dedicado a hacer favores a los señores de plata.
De todas maneras la Juanita me ayudó harto, primero acomodándome en una pieza junto a una docena de paisanos que buscaban algún trabajito igual que yo y luego de un par de semanas me consiguió un puesto como empleada en una casa enorme del barrio alto, y es que parece que el que fue mi patrón era cliente frecuente de ella y a cambio de sus favores le cumplía todo lo que le pedía.
Pase bueno años allí. La plata que pagan no es tanta como a uno le dicen allá en el Perú pero alcanza para darse algún gustito y enviarle algo a la familia. A fin de cuentas yo solo tenía que cocinar, las mismas comidas que hacía en la villa pero que acá dicen que son un manjar, y preocuparme de mantener la casa ordenada.
Cuando el caballero llegaba tarde yo tomaba su ropa y la metía enseguida a la lavadora porque venía pasada al perfume de mi Juanita. Cuando le señora se sentía mal le llevaba una agüita de hierbas, ella decía que era cansancio pero yo sé que era porque vivía tomando esos malditos martinis. A los niños mayores solo había que ordenarle la pieza, esos eran una mezcla de los vicios de los padres, y a los menores había que aguantarles los caprichos de chicuelos mal enseñados.
Todo iba bien hasta que un día a la señora le robaron de su cartera una buena suma de dinero, y usted se imaginara mi caballero, me pusieron inmediatamente de patitas en la calle. Yo lo entiendo en todo caso, es más fácil echar a la empleada inmigrante que reconocer que se tiene un hijo adicto.
Y así no más aquí me tiene vendiéndole banderitas en esta esquina ¿Cuántas quiere llevar? Hay que adornar la casa y el auto para las fiestas.
Oiga mi caballero, ¿usted trabaja en la televisión? mire que hay un tipo con una cámara apuntando hacia acá, tiene que ser a usted que lo están fotografiando porque a mi pa’que me van a estar sacando fotos.”

12 comentarios:

Ligia dijo...

Me ha encantado el relato, Luis. La sencillez, la ternura y la realidad reflejada en tus palabras. Abrazos

Alís dijo...

"Soy pobre, pero honrada... porque las desgracias nunca vienen solas", dice mi madre con su peculiar sentido del humor.

Luis, me saco el sombrero (si lo tuviera) y te aplaudo de pie. Me encantó el relato.
La fotografía me gusta mucho, pero es que el relato la supera, que ya es decir.

Besos

SOMMER dijo...

Qué gran historia Luis. Y la foto es magnífica.
Enhorabuena.¡¡¡¡¡

Belén dijo...

Hay que saber leer a los demás, verdad?

Besicos

tomasuncafe dijo...

una pintura intensa del destino de estos nuestros pueblos, donde las asimetrías sociales no solo son estructurales, si no que además están en crecimiento,
un abrazo

Ana dijo...

Perdí al autor en el relato y no quería encontrarlo para que me impusiera una final. Lo encontré, te encontré, con las ganas de que la mujer me contara más, todo, mientras vendía sus banderas.
Un abrazo.

mi nombre es alma dijo...

Cuanta historia, tierna y trágica detras de una mirada.

MaLena Ezcurra dijo...

Me saco el sombrero ante este maravilloso relato, me conmueve profundamente.


Gracias.


M.

Rembrandt dijo...

Lo releí porque me pareció tan magnífico tu relato que me quedé con ganas de volver sobre él.
Maravillosa pintura mi estimado Luís de algo que no por conocido debemos olvidar, que por lo gral lo que menos tienen son los más honestos y por ende los más explotados siempre, sin derecho a réplica ni reclamo alguno por los abusos a los que son sometidos.
Alguna vez esto cambiará? Utopía.

Una vez más , muy bella la foto que acompaña.

Besos para vos
REM

Alimontero dijo...

Me ha conmovido este relato Luis...y que bello es poder llegar al corazón de los lectores como tú lo has hecho...
Sinceramente mis felicitaciones!!
igual he quedado algo sensible...
quizas su rostro, lo que me recuerda, sus necesidades...en fin! que es mujer !!!

besos y una bella semana!

Ali

Patricia González Palacios dijo...

Amigo mío que buen relato, sabes me encanta pasar por aquí y leer tus entradas, me gusta mucho como escribes y relatas las cosas, cuando escribas un libro, avisame!! besitos paty

arbre violet dijo...

Cuánto más puede expresar el ojo de la cámara de lo que el testimonio refleja en cada palabra ubicada en el lugar justo para que pudieramos ver algo más de una humilde señora vendiendo banderitas.

Lo puedo felicitar desde el punto de vista de Tylor y Bodgam que abordan estas problemáticas sociales y cómo encararlas desde la entrevista en profundidad.

Me da mucha alegría seguir encontrando gente que se piense en el otro. Es algo valiosisimo.