sábado, 22 de junio de 2013

Higuerillas

Cuando niño como todo buen hijo de familia protestante asistía cada domingo a la Escuela Dominical. Mi maestra se llamaba Cristina Wilkendorf, una mujer que no solo se conformaba a enseñarnos historias bíblicas sino que buscaba afanosamente convertirnos en mejores personas (y espero que lo haya logrado). 
Más allá de conceptos teológicos fue ella, junto a mis padres, la que me enseñó a no tirar basura en la calle, a pedir permiso y dar las gracias, a saludar cada vez que llegas a algún lugar. 
Pero a Cristina también le encantaba subir a esa media docena de pequeños a su viejo Fiat 147 y llevarlos a pasear por la costa de la zona central. Solía llevarnos al sector de Los Lilenes donde podíamos arrojarnos rodando desde lo alto de una duna hasta llegar a la playa, luego pasábamos a comer alguna empanada de camarones y queso a alguno de los puestos del borde costero y terminábamos correteando por la caleta de Higuerillas donde jugábamos entre los botes o hacíamos interminables preguntas a los pescadores que remendaban sus redes. 
Hace años que Cristina falleció de un cáncer fulminante y así como ella se ha ido también lo han hecho buena parte de los lugares donde me llevo a pasear. 
 La duna de la playa Los Lilenes fue removida por completo para levantar allí un complejo inmobiliario, donde estaban los puestos de comida ahora hay un polo gastronómico donde resulta casi imposible encontrar mesa, y buena parte de la caleta de Higuerillas se convirtió en un club de yates aunque aún algo quedó para los pescadores.

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