domingo, 16 de mayo de 2010

Mal de Altura

No sé si alguno de ustedes ha tenido la oportunidad de estar por sobre los 3.000 metros sobre el nivel del mar, si es así habrán sentido los efectos del temible mal de altura y sino al menos habrán escuchado hablar de él. Contrario a lo que comúnmente se cree la concentración de oxígeno en el aire es la misma que en menores alturas pero al disminuir la presión atmosférica nuestros pulmones deben trabajar mucho más para llevar el vital elemento al torrente sanguíneo. Lo interesante del mal de altura, también conocido como puna o soroche, es que presenta síntomas distintos en cada persona e incluso una misma persona puede ser afectada de diversas formas en diferentes ocasiones. Estas alteraciones, además de la obvia falta de aire, pueden manifestarse como alzas de presión, taquicardias, disneas, fatiga, mareos, vómitos, cefaleas y un amplio abanico de malestares ninguno de ellos gratos por cierto.
El cuerpo humano es una maquina maravillosa y prueba de ello es que las comunidades originarias del altiplano de los Andes o de la meseta del Tíbet han logrado aclimatarse a la perfección a tan duras condiciones de vida, como lo demuestra el comunero peruano de la fotografía que a más de 4.000 msnm conducía a su ganado por el abrupto terreno moviéndose con una agilidad casi felina mientras quienes lo observábamos no podíamos dar más de diez pasos seguidos sin detenernos a resoplar profusamente.
Los efectos de la altura para quienes no son naturales de dichos lares no pueden evitarse pero sí minimizarse si se siguen un par de consejos prácticos. El primero es tratar de ascender en forma lo más gradual posible, lo ideal es que una vez superada la barrera de los 3.000 metros se dé al organismo un tiempo de adaptación de cuarenta y ocho horas por cada quinientos metros ascendidos, esa es la explicación del porque una excursión de alta montaña puede tomar semanas en realizarse. Si no se dispone de los días adecuados la segunda opción es evitar todo tipo de esfuerzo físico y caminar lo más lentamente posible, en otras palabras o nos tomamos el tiempo necesario o nos tomamos las cosas con calma.
Hace algunos años mi estatus laboral (y por consiguiente económico) vario bruscamente al alza, fue como ascender bruscamente desde el nivel del mar a los 4.000 metros. Como no seguí ninguno de los consejos antes mencionado el resultado fue que sencillamente la altura me afectó profundamente y me mareé por completo. Renové buena parte del mobiliario de mi hogar, cambié las marcas de mi guardarropa, le concedí a mi hijo cada uno de sus caprichos, reemplacé la cerveza por el whisky de doce años y una serie de muestras de que no me encontraba en mi sano juicio. Arribismo dirá alguien, estupidez otro, inmadurez la mayoría, ustedes elijan el adjetivo y cualquiera estará en lo cierto. Como era lógico que ocurriera no pasó mucho tiempo antes que mi nueva tarjeta de crédito se viera absolutamente sobrepasada, los cheques comenzaran a ser protestados, mi ejecutivo de cuentas del banco de ser mi ángel de la guarda se convirtió en mi constante pesadilla, y lo que es peor algunas de mis amistades se vieran deterioradas porque nadie está dispuesto a soportar al pedante de aquellos en el que me había convertido.
Después de permanecer algunos días en la altura son necesarios varios meses para que los niveles de ciertas proteínas en la sangre vuelvan a la normalidad y de la misma forma después de que finalmente volví a reencontrarme con el sentido común perdido debió pasar bastante tiempo antes de que pudiera volver a colocar mi vida en el orden necesario. Puedo dar gracias a Dios, o a lo mucho que me quieren ciertas personas, de que recuperé buena parte de las amistades dejadas de lado, también que con mi ascenso y caída mi hijo pudo observar y comprender de primera fuente lo que la falta de prudencia puede provocar. De las cosas materiales le contaré que los anteojos de sol de diseñador me los robaron, la agenda electrónica de última generación se me extravió, regalé alguna de la ropa de marca y la que no a la vuelta de los años ya se encuentra inservible, cerré mis tarjetas y cuentas, aunque a cierto banco de capitales españoles oriundo de Santander le seguiré pagando mis pecados en cómodas cuotas mensuales por algún tiempo, pero ¿saben la verdad? todo lo anterior ya no me importa porque aunque afortunadamente mantengo el mismo trabajo mi encuentro de golpe con la realidad me hizo desarrollar un profundo desapego por las cosas materiales y la certeza de que como todo en la vida está en constante cambio, por sobre todo en lo laboral, algún día el dinero podrá ser más o podrá ser menos pero me siento lo suficientemente maduro para enfrentarlo.
Por cierto no me enorgullece en nada mi ataque de arrogancia tampoco quiero pontificar mi actual actitud desprendida ni menos quiero dar lecciones de vida,… sólo necesitaba contarlo.

11 comentarios:

Robërtier dijo...

Luís, en mi país se dice que todos alguna vez tuvimos nuestro carnaval. Yo tuve el mío. Despues que todo pasa, queda otra oportunidad. Los fracasos son otra forma de comenzar.

Abrazos.

Belén dijo...

Yo no conozco el mal de altura, por eso todo lo que me cuenten será bienvenido :)

Besicos

Ana dijo...

Qué interesante relato! Ilustrativo y todo. Qué apuno descontrolado, amigo mio! já.
Dicen en el altiplano que para sentirse bien con la altura hay que moverse despacito, comer poquito y dormir solito. Juro que lo intenté. No siempre y sobreviví. Realmente me sentí bien. Demasiado bien. El asunto es tener que bajar, regresar. Ahi es donde fallo, en baja. já.

Eso, sí, cuando puedo le hago verónicas al sistema. Y eso me pone en alza.

Un placer leerte, como siempre.

mi nombre es alma dijo...

Como he nacido a nivel del mar (real y metaforicamente) no he sufrido mal de altura nunca, aunque es verdad que en un tiempo en el que viví en la montaña (real y metaforicamente) me acsotumbré bien y me desacostumbré mejor al volver al llano. Tengo la cabeza bien acondicionada para la presión atmoférica.

Un abrazo, nunca es tarde para recuperar el aire

Elena dijo...

Sí señor. Incluso he realizado algunas pruebas físicas a esa altura. Y es jodido, sí.

AMOR dijo...

muy buen relato, creo que es bueno compartirlo no para dar lecciones, pero si para que otros se vean identifacados con las alturas.
Besazos!!!!!!!!!!

zayi dijo...

Una vez estuve tan alto como mi organismo me permitió y no fue mucho... me va mejor con las profundidades, al menos el agua nos hace ver menos torpes...
Y de arrogancia nada...hay metáforas que son hermosas.
Un beso.

Pamela dijo...

Mis respetos amigo Luis, hay que tener entereza para contar lo que contaste, me alegra saber que tanto en el Altiplano como "en el otro plano", no te desbarrancaste totalmente y aprendiste a moverte con propiedad. Yo que suelo andar por las montañas sé de lo que hablas, me he apunado más de una vez, y ha sido muy feo, el otro apunamiento lo he sabido sortear, a estas alturas tengo claro que la vida da y quita cuando un menos lo espera. Abrazos carrerinos!!

Rembrandt dijo...

Las alturas por lo gral producen mareos y otros malestares molestos, por eso , como bien dices en tu relato , lo mejor es ascender despacio, tomando el tiempo necesario para llegar a la cima o no, pero por lo menos el intento habrá valido la pena.
No todos estamos capacitados para ello, eso es lo que hay que comprender, si lo entendemos de esa forma es muy probable que el camino que hayamos recorrido nos resulte satisfactorio de igual manera.
Excelente como siempre me encanta leerte, tienes muy claras las cosas mi estimado Luis y eso no es poco.

Besos para tí
REM

SUSANA dijo...

Encontraste una forma muy amena y amable de compartir la experiencia de vida.
Algunos acontecimientos son difíciles de manejar y salir de ellos con know how y deudas razonables, es un triunfo. Finalmente y al modo de Napoleón, lo único que cuenta es levantarse de las caídas.

Muchas Gracias por la publicación y también por dejar tu huella en mi espacio!

Un abrazo Luis!

Anónimo dijo...

Es dificil no dejarse llevar, querer vivir, por un tiempo, como viven los de las revistas del corazón. Pero las cosas superficiales pronto pierden el aliciente. Lo malo es hasta dónde las llevamos.

Los capitulos de la novela de nuestra vida van pasando y hay que empezar en el primero para llegar al último. Tienes suerte si has podido editar alguno de los de la tuya.

Me caes muy bien.

Camila