miércoles, 29 de mayo de 2013

Santa Lucía

Diego era el capitán de los hombres de la montaña y había convertido su fortaleza en un lugar inexpugnable, por su parte Joaquín era el campeón de los hombres del valle y aún no existía un castillo que no hubiera sido tomado por sus huestes. 
En lo alto de sus baluartes Diego era comparable al galo Vercingétorix defendiendo Alesia de las legiones de Julio César. 
A los pies de las murallas Joaquín inspiraba a sus hombres como lo hiciera Ricardo Corazón de León frente a Saladino durante el sitio de Acre. 
Estaba casi escrito que en el momento más álgido de la batalla ambos se encontrarán en las escalinatas que van de los jardines inferiores al murallón principal. No había odio en sus miradas, ambos reconocían en el otro a un noble guerrero y digno rival, pero eso no evitó la ferocidad del enfrentamiento que se inició con una fuerte arremetida del defensor que hizo retroceder varios escalones al señor del valle. Mientras Diego combatía su habilidad le permitía darse maña de liquidar a los invasores que pretendían pasar por su costado, en tanto Joaquín entre cada espadazo debía alzar diestramente su escudo para evitar las flechas arrojadas desde lo alto. 
El combate alcanzó niveles épicos al punto de que defensores y atacantes se olvidaron de luchar entre sí y se dedicaron a observar en silencio el duelo que sus campeones libraban en las escalinatas. La lucha asimilaba a la de Aquiles y Hector, a la de Cuchulain y Ferdiad o a la de Lancelot y Gawain. 
En un rápido movimiento la espada de Diego golpeó el muslo interior izquierdo de su rival; la fuerza con que la sangre brotaba hacia entendible que había sido perforada la arteria femoral y que era cosa de minutos para el fatal desenlace. Sin embargo Joaquín aún tenía fuerzas para introducir su espada en el vientre de su oponente y hacerlo caer de rodillas. Ambos estaban mortalmente heridos pero era necesario que hubiera un ganador y un derrotado, solo así se definiría la batalla entre la montaña y el valle. 
Apoyados en las murallas se aprontaban a reanudar el combate cuando un grito desde lo alto los hizo olvidarse de su lucha. Era su mamá que los llamaba con una vaso de mote con huesillos en cada mano. 
Y así, sentado en las escalinatas del Cerro Santa Lucía, mi historia se quedó sin desenlace.

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