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miércoles, 2 de septiembre de 2015

Mujer del Taguayo

"Me han estremecido un montón de mujeres, 
Mujeres de fuego, mujeres de nieve" 
Así versa el coro de la canción Mujeres de Silvio Rodriguez (por favor no confundir con la de Arjona) donde habla de las mujeres que lo han impresionado o han marcado su vida, 
A lo largo de los años y de los viajes he conocido un sin fin de mujeres estremecedoras. Como aquella que al interior del Amazonas peruano, a orillas del río Taguayo, tejía con hojas de palmera un nuevo techo para su casa antes de la llegada del monzón; o aquella de más de noventa años que sentada en el suelo de la Isla Taquile trabajaba en su telar; esa otra que caminaba varias horas al día para vender agua embotellada y golosinas a los turistas en lo más profundo del Cañón del Colca para poder pagar la universidad de su hija en Arequipa; o esa otra que a pesar de que sus hijos se marcharon a la gran ciudad prefirió quedarse a vivir casi en soledad en la villa de Machuca, en lo alto de Los Andes, para no abandonar a sus animales. 
Pero también me estremece aquella mujer de la gran ciudad que corre todo el día para cumplir con su trabajo, ir al gimnasio (porque como te ven te tratan), pasar a comprar al supermercado y aún así hacerse el tiempo para revisar los quehaceres escolares junto a sus hijos; o aquella otra, que sin hijos, lucha cada día porque nuestros jóvenes tengan una mejor educación; o esa otra que hace rato debería estar disfrutando del descanso de la vejez, no cesa en su afán de hacer feliz a su hijo y a su nieto. 
En resumen: Me han estremecido un montón de mujeres.

jueves, 29 de enero de 2015

Maizal

Vivimos en un mundo adorador del trigo. Hay versos sobre el trigo y los trigales, hay canciones inspiradas en ellos (Field of Gold de Sting por mencionar una), hay célebres imágenes que transcurren en un trigal (como el inicio de la película Gladiador), e incluso la palabra espiga suena poética. 
Pero yo me declaro un defensor del maíz. Primero porque es el más auténticamente latinoamericano de todos los cereales, con el perdón de los amantes de la quínoa; no necesitas procesarlo como harina o aceite para poder consumirlo, o alguno de ustedes se ve a si mismo comiendo trigo con mantequilla; está presente en nuestras mejores recetas; y por último y la más importante: No hay nada como jugar a las escondidas en medio de un maizal, correr juntos a tus primos en medios de las mazorcas que pasan varios centímetros sobre tu cabeza, camuflarte entre las hojas para que tu madre no te encuentre y así poder eternizar el juego, tratar de encontrar en medio de ese laberinto verde a la chica que hace suspirar tu corazón de ocho años, escoger la mazorca que tu abuela convertirá en tu propia, única y especial humita… 
Lo reconozco, quizás mi predilección por el maíz también tiene que ver con mis recuerdos.

domingo, 18 de enero de 2015

Fin del Camino

Heredé de mi familia una relación bastante conforme con la muerte basada en el pragmático hecho de que la gente nace, vive y muere. Tengo muy vagos recuerdos de algunos de mis padres visitando la tumba de mis abuelos y quizás por lo mismo rara vez voy al cementerio donde está mi viejo. 
Alguna vez descubrí una vieja cruz de madera en medio de una isla en los fiordos de la Patagonia, sin inscripciones, sin nombres, y me pareció el lugar ideal para finalizar el camino.

lunes, 29 de diciembre de 2014

Camino en el Salar

Te he visto caminar por las callejuelas de los cerros porteños; por sendas empedradas en una isla en medio del altiplano; por entre bosques de coigûes y araucarias en tierras lafkenche; por playas interminables marcadas por leyendas de brujos; por puentes de madera sobre aguas turquesa en el fin del mundo; por entre salares y fumarolas en la cima de Los Andes… Todas esas sendas las elegí yo, pero el principal camino está solo en tus manos.

domingo, 20 de octubre de 2013

Entre Colibrís

Cuando era niño vivíamos en una hermosa casa con un gigantesco patio lleno de árboles coronado con un parrón en su centro. Mis padres solían pasar horas bajo el sol contemplando y celebrando a la bandada de golondrinas que cada primavera se hacían dueñas de nuestros exteriores. 
La verdad es que yo salía al patio solo si me obligaban. Lo que me interesaba estaba dentro de la casa: mi habitación y mis cosas, el equipo de música, el televisor y el Atari primigenio antepasado de las actuales consolas. 
El verano recién pasado vacacionaba en el lejano pueblo de Tortel. Cierta mañana en la que se alternaba una intensa lluvia y los rayos del sol me encontré caminando entre pasajes cubiertos de enredaderas hasta ser asaltado por una bandado de colibrís. Supongo que en ese momento entendí lo que mis padres habían descubierto hace rato: que la belleza se aprecia con los años.

jueves, 19 de septiembre de 2013

Los Tesoros de La Merced

Mi familia tiene cierta tradición trashumante así que las casas eran solo un lugar de paso y nunca la morada definitiva. El problema es que cada mudanza implicaba deshacerse de aquellos muebles que no se ajustaban a la disposición del nuevo hogar, así que la visita de algún mueblista o anticuario haciendo ofertas por nuestro living, comedor o armarios era algo más o menos recurrente. 
Desde pequeño en cada una de estas improvisadas ventas de garaje defendí a ultranza la posesión de una vieja vitrina de madera y cristal con patas labradas en torno y manijas de bronce que perteneció a mi abuela, de la antigua máquina de coser Singer a pedales que mi madre compró por allá por los sesentas y de un pequeño molinillo de café que ya debe bordear el siglo. 
Cada vez que visitó la feria de anticuarios de La Merced en Valparaíso caigo cuenta que a cada uno de esos objetos les podría sacar un buen dinero, pero debajo de vieja vitrina se encuentra una serie de dibujos que un niño de cinco años hizo con lápices de cera, la rueda de la Singer varias generaciones la han interpretado como el timón de un barco o el volante de un automóvil según demande el juego infantil de turno y sé que el molinillo atraía en alguna extraña forma la atención de mi madre en sus primeros años. Todas estas razones bastan para considerarlos un tesoro familiar parte de un legado invaluable. 
Eso es lo interesante de las ferias de antigüedades. ¿Cuántas noches de amor se habrán vivido al compás de los discos tocados en esas viejas fonolas? ¿Cuántas cenas familiares habrán usado aquellas impecables vajillas de porcelana? ¿Cuántas fortunas se habrán iniciado con una vieja caja registradora y una balanza?

sábado, 13 de julio de 2013

Tita

Fue bautizada como Ruth, Ruth a secas, sin segundo nombre, supongo que a mis abuelos después de ocho hijos ya se les estaba agotando el listado de nombres a usar. Para sus padres y hermanos menores fue la Uti, para los sobrinos que crío casi como sus hijos fue la tía Ru. 
Quizás como una muestra de cariño o por ese afán tan propio de los chilenos de usar diminutivos es que para mi viejo siempre fue la “Rutita” (recuerdo que le brillaban los ojos cuando decía ese nombre). Ese fue el nombre que recogió mi hijo, y como a los dos años la “r” es una letra difícil de pronunciar terminó siendo para todos “la Tita”. 
Fue así como el nieto por el que de seguro daría sus ojos terminó dándole el nombre que de seguro para ella es más preciado.