Mostrando entradas con la etiqueta Bio Bio. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Bio Bio. Mostrar todas las entradas

domingo, 4 de mayo de 2014

Claro de Luna (Republicación del 15/10/09)

Hace algunos meses me interné en las profundidades de la Cordillera de Nahuelbuta con la idea de tener durante el día un estrecho contacto con la naturaleza en estado casi virginal y por las noches el que mi hijo pudiera contemplar el maravilloso espectáculo de un cielo completamente estrellado usualmente oculto para sus ojos por la contaminación lumínica de nuestras ciudades. Lamentablemente unas porfiadas nubes y una rabiosa Luna llena nos obligaron a dejar la vista de las constelaciones para otra ocasión. Aún así la naturaleza nos regaló el magnífico espectáculo ofrecido por los rayos lunares descendiendo en medio de los bosques, perfectamente plateados y tan delicados que es imposible captarlos con una cámara fotográfica.
No sé ustedes pero en mi caso la acción de la naturaleza incide directamente en mis estados de ánimo. Las soleadas mañanas primaverales me energizan, los días de lluvia copiosa me sosiegan, las puestas de sol en verano me evocan romanticismo, y los preciosos claros de Luna me provocan una extraña sensación de nostalgia, una suerte de tranquila tristeza o dulce melancolía, y al parecer no soy el único.
El escritor Edmond Rostand decidió que fuera en un “Claro de Luna” que el Cyrano encontrara la muerte mientras la misma pálida luz iluminaba las lagrimas de su amada prima Roxana quien ya demasiado tarde había descubierto quien era el verdadero autor de las letras de las que se enamoró.
Como “Claro de Luna” es comúnmente conocida la hermosa Sonata 14 en Do# de Beethoven compuesta en medio de la tristeza de verse privado del amor de Constantina Gullietta Guicciardi por razones sencillamente sociales además de comenzar a sobrellevar su sordera. Según la tradición en el primer movimiento describe calmo su amor platónico, en el segundo describe sus encuentros y en el tercero libera toda su melancolía con una vehemencia casi inusitada.
“Claro de Luna” también se llama el cuento de Guy de Maupassant en donde el testarudo cura Marignan descubre en una visión bajo la plateada luz lunar el verdadero significado del amor romántico.
Casi cien años después de que lo hiciera Beethoven el compositor francés Claude Debussy bautizó como “Claire de Lune” a una de las obras de su soñadora juventud y aunque deseo que está no se publicará por encontrarla demasiado triste y melancólica terminó convirtiéndose hasta la fecha en su creación más reconocida.
Finalmente en 1974 el cantautor cubano Silvio Rodríguez dio un respiro a sus cantos a la revolución y en contra del imperialismo para componer “En el Claro de la Luna”, una de sus más delicadas melodías y una de sus poesías mejor lograda.
De más está decir que la presente entrada la reflexione fumando un cigarrillo bajo la melancólica luz de un claro lunar y como sería largo transcribir las obras de Rostand o Maupassant y las bellas melodías de Beethoven y Debussy son imposibles de traspasar a letras les dejo los versos de Silvio.

“En el Claro de la Luna donde quiero ir a jugar
Duerme la Reina Fortuna que tendrá que madrugar.

Mi guardiana de la suerte, sueña cercada de flor,
Que me salvas de la muerte con fortuna en el amor.

Sueña, talismán querido, sueña mi abeja y su edad;
Sueña y si lo he merecido sueña mi felicidad.

Sueña caballos cerreros, suéñame el viento del sur,
Sueña un tiempo de aguaceros en el valle de la luz.

Sueña lo que hago y no digo, sueña en plena libertad,
Sueña que hay días en que vivo, sueña lo que hay que callar.

Entre las luces más bellas duerme intranquilo mi amor
Porque en su sueño de estrellas mi paso en tierra es dolor.

Mas si yo pudiera serle miel de abeja en vez de sal.
¿A qué tentarle la suerte que valiera su soñar?

Suéñeme, pues, cataclismo, sueñe golpe largo y sed,
Sueñe todos los abismos que de otra vida no sé.

Sueñe lo que hago y no digo, sueñe en plena libertad,
Sueñe que hay días en que vivo, sueñe lo que hay que callar.


Sueñe la talla del día, -del día del que fui y del que soy-
Que el de mañana alma mí lo tengo soñado hoy.”

lunes, 29 de julio de 2013

Rapaz (Republicación del 15/09/09)

El protagonista de la fotografía es un joven Aguilucho posado en lo alto de una de las miles de Araucarias de la Cordillera de Nahuelbuta. Excúsenme que no les dé los correspondientes nombres científicos pero desde niño que aquellas denominaciones en latín me recuerdan algunos jocosos capítulos del Coyote y el Correcaminos. 
Algo tienen las aves rapaces que a lo largo de la historia se han convertido en un símbolo tan representativo del poder como lo son las cruces o las medias lunas en el contexto religioso. Fue siguiendo el emblema de un águila que las legiones romanas conquistaron las Galias, Hispania, el norte de África y Oriente Medio; reyes, duques y barones del Medievo solían incluir halcones en sus escudos de armas usualmente acompañados de leones o dragones, sus símiles entre los mamíferos y las criaturas mitológicas. El asunto no se limita a Europa porque también en América el águila fue un animal totémico para los aztecas y las tribus de las grandes praderas así como el cóndor para el mundo andino; estas aves también estuvieron presentes en la iconografía de emperadores orientales, emires árabes y reyes tribales africanos. Hacia la edad moderna fueron insignias de batalla de los ejércitos al servicio de los Imperios Coloniales y luego de las naciones que lograron su independencia de estos. 
Su analogía con el poder continúa hasta nuestros días, no en vano fue delante de la imagen de un águila calva que se anunciaron las invasiones de Afganistán e Irak, y han pasado a formar parte de los emblemas corporativos de bancos y farmacéuticas transnacionales que en una época globalizada han heredado de imperios, reinos y naciones el control del orbe. 
El porqué de esta devoción por las aves rapaces quizás sea por su vuelo majestuoso, por lo imponente de su estampa o por su aguda visión, pero no debemos olvidar que estos nobles pájaros fueron dotados por la naturaleza de tales condiciones con el único fin de mantenerse en el tope de la cadena alimenticia dejándose caer inmisericordes con sus letales garras sobre sus presas. Consecuentemente los siglos de historia nos han demostrado que quienes han usado halcones y águilas como emblema también han tomado de estos su implacable letalidad ante todo lo que se cruce en su camino. 
Al parecer poder y rapacidad van de la mano.

jueves, 28 de marzo de 2013

Sombras de Antuco (Republicación del 15/08/09)

Cada atardecer de estío el caudaloso río Bío Bío se tiñe de múltiples matices índigos que contrastan con el profundo verdor de los valles que atraviesa en su largo camino desde los macizos andinos al Océano Pacífico. En el horizonte la cordillera se pinta de negro en tanto sus altas cumbres despuntan en tonos fucsias y purpúreos, entre estas destaca la espectral silueta del volcán Antuco, tristemente grabado a fuego, o más bien a hielo, en la memoria colectiva del Chile contemporáneo.El 18 de abril del año 2005 un par de centenares de jóvenes de no más de diecinueve años entraron por las custodiadas puertas del Regimiento Reforzado de la ciudad de Los Ángeles para cumplir con su Servicio Militar Obligatorio, aunque de obligatorio poco porque en su mayoría eran muchachos de condición humilde que se presentaron como voluntarios buscando encontrar en el ejército un sueldo digno cada fin de mes, beneficios en educación y salud, y en resumen una mejor calidad de vida que la que se pudiera esperar en el duro vivir de campesinos al que parecían estar destinados.Exactamente un mes después se encuentran a punto de finalizar su período de entrenamiento que culminará con la ceremonia de juramento a la bandera luego de la cual serán asignados a sus reparticiones definitivas donde servirán por un año y de hacerlo en forma destacada se les ofrecerá la posibilidad de contratarse como funcionario de planta del ejército. Pero aún falta un obstáculo, una dura campaña de varios días en plena cordillera en donde deberán poner en práctica todo lo que sus instructores les han enseñado.A pesar de lo duro que pueden ser los juegos de guerra la campaña se ha llevado a cabo sin contratiempos y de acuerdo a la planificación previa, los jóvenes conscriptos han demostrado su bravura y los oficiales se encuentran satisfechos con los resultados de su entrenamiento, sólo queda una sencilla y final marcha de algunos kilómetros por la ladera norte del volcán Antuco, un verdadero juego de niños para estos ya recios hombres. Sin embargo la madrugada previa la cumbre del macizo montañoso se cubrió de nubes sombrías que al ojo experto hacían recomendable más prudencia que excesiva confianza y por sobre todo más humildad que altanería.Un tozudo Coronel que por desgracia comandaba al batallón en campaña desestimó las aprensiones de los arrieros de la zona, “Qué han de saber más que yo estos campesinos cuidadores de ovejas, no en vano estudié y me perfeccioné en las mejores academias militares del continente” debió haberse dicho; tampoco escuchó los consejos de sus experimentados sargentos, “Aún no entiende esta gente que las decisiones aquí las tomo yo, por algo ellos son sargentos y yo soy Coronel” debió haberse dicho; hizo oídos sordos a los temores de sus jóvenes oficiales, “Estos tenientes deben aprender a gobernar a sus soldados y a no demostrar miedo, menos a unas cuantas nubes” debió haberse dicho; ni siquiera presto importancia a los informes meteorológicos, “Un poco de viento y algunos copos de nieve no dañará a los conscriptos, a fin de cuentas se han entrenado para ser bravos soldados y no excursionistas de fin de semana”, debió haberse dicho; y aunque no había ningún apremiante, tenían provisiones para varias semanas en el refugio donde se encontraban acantonados, y aunque era solo un entrenamiento pues no estábamos en guerra, de hecho la última batalla librada por nuestro ejército fue hace más de un siglo, y aunque la ceremonia de juramento a la bandera podía aplazarse perfectamente un par de días, una hora después del amanecer con voz clara y firme dio la orden de marchar.Aún si fueran ciertas las creencias de los indígenas de la zona de que un traicionero espíritu habita en las profundidades de cada volcán el paso de un centenar de hombres no sería suficiente para despertarlo, la naturaleza no es cruel ni benigna sencillamente cumple con su ciclo: calor en verano frío en invierno.Pasada una hora de marcha y faltando otras cuatro para llegar a destino la suave llovizna se transformó en viento blanco, la más temida de la ventiscas y aquella con la que ninguno de los que conocemos de montaña quisiéramos encontrarnos. La nieve cae copiosamente alcanzando en minutos un par de metros sobre el suelo, la visibilidad se reduce al mínimo imaginable, el silbido del viento ahoga todo sonido que pueda servir de orientación, la temperatura baja súbitamente varios grados bajo cero, la hipotermia hace el resto.Se debió esperar hasta los deshielos primaverales varios meses después para encontrar el último de los cuarenta y cinco cuerpos que terminaron cubiertos por más de siete metros de nieve, cuarenta y cinco ataúdes cubiertos con la bandera nacional y enterrados con honores militares, cuarenta y cinco niños soldados que sólo siguieron órdenes confiados en la sabiduría de la superioridad de mando.Se le ha querido llamar los “Héroes de Antuco”, pero héroe es quien expone su vida por una noble causa, por un bien superior, por el bienestar de otros, para mí son tan sólo las “víctimas”, no del volcán Antuco que ninguna culpa tiene en esto sino las víctimas de un hombre que creyó que poseía la razón absoluta y que sus órdenes debían ser tan sólo obedecidas y nunca cuestionadas.El nombre del Coronel… ¿Realmente vale la pena recordarlo?

viernes, 22 de marzo de 2013

Los Caminos de Nahuelbuta

Tenía tan sólo catorce años la primera vez que me atreví a viajar solo a la parcela que mis tíos tenían hacia el folde oriental de la cordillera de Nahuelbuta. 
Sabía bien como llegar, ya había ido un par de veces junto a mis padres. Debía tomar un bus que después de casi diez horas de viaje me dejaría en Coigüe, una antigua estación de ferrocarriles en desuso en la ribera sur del río BíoBío; una vez allí tenía que tomar un camino de ripio que avanzaba seis kilómetros al oriente hasta llegar al pueblo de Negrete y desde allí avanzar cinco kilómetros más al sur hasta llegar al caserío de Vaquería donde mis familiares tenían sus tierras. 
Por la referida estación de trenes los buses rurales pasaban tan solo un par de veces al día sin un horario definido así que en esa ocasión, y en las posteriores, opté por hacer el trayecto caminando; y en esa ocasión, como en las anteriores, algún campesino de la zona me dio un aventón en su carretela tirada por caballos o bueyes. 
 Hace unos pocos días, esta vez con cuarenta años y el costado occidental de Nahuelbuta, volví a ver una de esas carretelas tiradas por bueyes avanzando parsimoniosamente por las nuevas y modernas carretera, y fue inevitable sumergirme en los recuerdos de esos albores de adolescencia. 
El punto es que para el verano de 1984 la telefonía alcanzaba a una de cada cincuenta casas en las zonas urbanas en tanto en las rurales el servicio era casi inexistente. Que hablar de teléfonos móviles o correo electrónico, en esa época el concepto no se acuñaba ni siquiera en las películas más futuristas. La única forma de comunicarse con urgencia era mediante un telegrama (¿los recuerda?), entonces a mis padres al darme permiso para viajar asumían que deberían esperar unos cuantos días para volver a tener noticias de mi. 
Cuanto ha cambiado el mundo entonces, o nosotros nos hemos vuelto más desconfiados o la maldad ha aumentado o la necesidad de comunicación nos esclaviza. Hace solo treinta años podías permanecer varios días sin hablar con tus hijos suponiendo adolescentes suponiendo que todo estaba bien y hoy en día nos parece prudente, necesario e intranzable llamarlos a sus móviles cada dos horas cuando salen de noche.

jueves, 25 de octubre de 2012

Verde Mar

Cuatro gigantes gobernaban las angostas tierras del fin de mundo; la noble Palma en los fértiles valles del pikun; la madre Araucaria en el escarpados donde volcanes y lagos se unen; el anciano Alerce en las impenetrables selvas del willi mapu, y el poderoso Ciprés en el salvaje reino de los hielos y el viento inclemente. 

Pero la noble Palma fue arrancada para construir ciudades, caminos y campos cultivables; el anciano Alerce fue talado en busca de su preciosa carne; y el poderoso Ciprés fue entregado al fuego para entregar sus dominios a los señores ovejeros. 

Por un instante la madre Araucaria pareció estar a salvo. Las laderas de las montes no son buen lugar para cultivar granos o apacentar ganado, y su madera, si bien noble, no es tan preciada como la de sus hermanos.  

Eso fue hasta que el hombre decidió colonizar los montes con árboles esclavizados traídos desde otras tierras, eucalipto y pino oregon. Entonces las madre Araucaria vio como los suyos eran derribados para ceder su porción de suelo a estos pobres extranjeros condenados desde antes de nacer a convertirse en papel y astillas. 

Hoy se refugia en lo alto de Nahuelbuta, ayudada por Robles y Coigues, mientras contempla con dolor y ternura como sus hijos lafkenches luchan por devolver a los montes su verde mar.

sábado, 20 de octubre de 2012

Profundidad Rural (Republicación del 20/07/90)

Fue parado frente a esta carretela tirada por bueyes que algo me indicó que acababa de abandonar, al menos por algunos días, la vorágine de la vida citadina para sumergirme por completo en la inquietante quietud de la naturaleza profunda y el mundo rural. Ese algo no fue lo autóctono del cuadro presenciado, no fueron los silbidos de las aves en la cercana floresta, no fue tampoco el encontrarme a unas seis horas de marcha del poblado más cercano, fue sencillamente la sonora alarma de mi teléfono móvil indicándome la total y completa ausencia de señal.
Hace algunos años en una reunión social conversando con uno de esos conocidos ocasionales con los que se puede entablar una entretenida charla pero que horas después ni siquiera se recuerda su nombre, este me comentó acerca de sus magníficas vacaciones en las profundidades de la Patagonia. Como es lógico pensar de inmediato me imaginé una tienda de campaña sacudida por el viento junto a una fogata humeante a los pies de un glaciar milenario. A los pocos minutos de conversación me di cuenta que en lugar de la sacrificada carpa se trató de una suerte de yurt mongol de treinta metros cuadrados dotado de piso alfombrado con calefacción centralizada, cama king size, televisión y teléfono satelital. No critico a quienes optan por el contacto con la naturaleza con las comodidades de un hotel cinco estrellas pero no me interesa llevar mi sala de estar o el escritorio de mi oficina al lugar donde supuestamente viajo a desconectarme del cotidiano vivir, pero aún así sin proponérmelo me he terminado contradiciendo.
De cara a las vacaciones estivales de este año opté por contratar el servicio de navegación por internet para mi teléfono móvil, la idea era poder revisar algunos correos electrónicos y consultar alguna información en la web que me fuera útil en mi plan de viaje. Sin darme cuenta me encontré revisando mis estados de cuenta bancarios, examinando la actualidad noticiosa y al visitar mi página de facebook enterándome del diario acontecer en mi trabajo. No fue hasta que parado frente a esa carretela de bueyes y tras darme cuenta que no contaba con señal de telefonía móvil finalmente me “desconecté” por completo.
El comienzo fue casi traumático, por sobre todo porque me vi obligado a esperar. Mi conjugación habitual del verbo esperar consiste en aguardar el paso del autobús número 307 que me lleva a mi lugar de trabajo y que sagradamente pasa cada quince minutos; en aguardar el fin de mi jornada laboral que siempre ocurre a las 21 horas; en aguardar la llegada de mi pedido de comida a domicilio que de acuerdo a lo publicitado debe ser antes de treinta minutos o sino es gratuita. En resumen todas mis cotidianas esperas no son más que parte de una adecuada programación que suele cumplirse al pie de la letra.
Inmerso en medio de la profundidad de la campiña me vi obligado a esperar llegar al final de un intricado camino sin poder consultar las vistas satelitales provistas por Google Maps; a esperar el fin de la lluvia sin poder consultar ningún informe meteorológico; a esperar el hervor del agua calentada por el fuego sin poder apurarlo con la programación de un micro hondas; a esperar el paso de un bus rural que cumple con su recorrido a “alguna” hora del día. Esas esperas son las que ayudan a calmar las pulsaciones, aquietadas por el murmullo de los árboles, y a clarificar la mente, libre de las programaciones cotidianas, por lo mismo esas esperas nos permiten alcanzar un renovado rendimiento físico y una sorprendente profundidad de pensamiento.
Espero haber aprendido la lección y para la próxima vez no sólo mantendré apagado mi móvil sino que en una de esas quizás incluso me despojo de mi amado y fiel reloj de pulsera.

domingo, 8 de julio de 2012

Angus


Un día mientras Angus, el dios celta del amor, dormí vió en sus sueños a una joven bellísima de la que se enamoró perdidamente. El sueño se repitió una y otra vez hasta que el joven dios terminó enfermándose de amor.
Durante un año entero viajó junto a su padre por toda Irlanda biscando a la joven hasta que la encontró en un lago acompañado de otras ciento cuarenta y nueve doncellas. Allí supo que la muchacha se llamaba Caer, hija del rey Ethal.
Angus no dudo un segundo en pedir la mano de su amada al noble rey, pero este aceptó siempre y cuando el dios del amor regresara al lago el 1 de noviembre y reconociera a Caer de entre las otras muchachas al primer intento.
El 1 de noviembre Angus regresó al lago Boca de Dragón y allí descubrió que las ciento cincuenta doncellas se habían transformado en cisnes, pero sin dudarlo un segundo reconoció a Caer y transformándose a si mismo tambipen en cisne se acercó a cortejar a la mozuela quien en seguida correspondió su amor.
Ambos entonces volaron a Brug na Boinne, el palacio de Angus, entonando una melodía tan hermosa que sumió en un bello sueño de tres días a todos aquellos que la escucharon.

martes, 1 de mayo de 2012

Ruka Lelbún


Comparto y en la medida de lo posible participo de todas las formas de agroturismo, etnoturismo, y todas las experiencias asociadas al turismo vivencial, sea este en términos formales o informales. He pernoctado en la casa de comuneros aimaras en el altiplano, he acompañado en sus faenas a pescadores artesanales, he participado de todo el proceso de cocción de un curanto junto a campesinos chilotes y he pasado alguna noche al calor del fuego al interior de una ruka (casa tradicional mapuche) conversando con un lonko. Todas experiencias hermosas y enriquecedoras, pero cuidado con creerse el cuento. 
Seamos honestos, así como los campesinos en Chiloé no hacen curantos todos los días o como los aimaras no ofrendan a la Pachamama cada atardecer, los comuneros mapuches hace ya rato que dejaron de vivir en rukas hechas de paja, no visten con ponchos y sandalias, no se alimentan en exclusiva de catutos rellenos con miel. Al interior de sus casa de madera o ladrillo, usualmente cercanas a las rukas ceremoniales, cuentan con televisores, refrigeradores, lavadoras, computadoras y se comunican por celulares de última generación.
No me mal interpreten, lo anterior no es una crítica a quienes proveen el turismo vivencial sino más bien es un llamado de atención a aquellos turistas o viajeros que creen que por pasar un fin de semana en contacto con campesinos o pueblos originarios ya conocen todo lo necesario con respecto a aquellas etnias o grupos culturales. 
Definitivamente pasar algunos días en Aysén no es suficiente para entender la problemática de los patagones, en especial si se visita en verano cuando los más crudo es el invierno; vociferar que se debe enseñar aimara en las escuelas del norte no soluciona el hecho de que los jóvenes abandonan sus poblados porque sencillamente no hay agua para sustentar la vida; y por sobre todo creer que el conflicto mapuche es solo una cuestión de propiedad de la tierra resulta bastante ingenuo si consideramos que la mayor parte de este pueblo hace décadas adoptó la vida urbana. 
No se trata solo de visitar, se trata en realidad de conocer en el amplio sentido de la palabra.

sábado, 4 de febrero de 2012

La Plaza de las Siete Fundaciones (Republicación del 25/06/09)



La escultura en la imagen, obra de Virginio Arias, representa a América y junto a otras tres representaciones también en mármol de Europa, Asia y África custodian las cuatro esquinas del espejo de agua que corona la plaza de armas de la ciudad de Angol. Esta plaza también es conocida como la Plaza de las Siete Fundaciones debido al mismo número de veces que la ciudad debió ser refundada, primero por los españoles y luego por el estado chileno, tras ser devastada por las constantes insurrecciones del pueblo mapuche araucano.
Angol es la puerta de entrada a la Araucanía y marcó por siglos la frontera entre el mundo occidental y el ancestral mundo indígena. Su posición geográfica la convirtió en el escenario permanente del conflicto entre los esfuerzos colonizadores y el deseo del originario pueblo mapuche por mantener incólume su territorio y su forma de vida.
Al referirnos a este conflicto solemos hablar con ligereza del “genocidio étnico y cultural cometido por el conquistador español”, pero se nos olvida, o preferimos olvidar, que en Latinoamérica las mayores masacres y vejámenes en contra de la población indígena se cometieron hasta avanzado el siglo XX cuando nuestros pueblos ya llevaban bastante tiempo independizados de la corona española.
La escena de una formación de caballería disparando sus rifles Winchester en contra de una pacífica y desarmada aldea indígena no es exclusiva de la conquista del oeste estadounidense, también tuvo lugar en el sur de Chile durante el proceso de “Pacificación de la Araucanía” liderado a finales del siglo XIX por el Coronel Cornelio Saavedra quien con cinismo en cierta ocasión declarara que la conquista de los territorios araucanos le costó más mosto que pólvora, debido a que compró con alcohol los favores de los caciques que no pudo exterminar.
Luego del accionar de Saavedra el pueblo mapuche al sur de Angol fue relegado a reservaciones indígenas y sus vastos territorios fueron repartidos entre el estado de Chile, los ricos hacendados capitalinos y un millar de colonos traídos desde Europa no solo para que explotaran los terrenos sangrientamente adquiridos sino que también para que una mayor cantidad de sangre “blanca” hiciera disminuir la marcada presencia de la ascendencia indígena en el creciente proceso de mestizaje que terminaría por definir nuestra identidad nacional. Esta burda suerte de manipulación genética fue también empleada como política de estado en Argentina y Brasil donde recibió el nombre de “Proceso de Blanqueamiento”. Más tarde con la revolución industrial la masa indígena pasó de ser mano de obra barata para las tareas agrícolas a mano de obra barata para la minería, la explotación del caucho o las nacientes manufactureras.
En las praderas norteamericanas, el altiplano andino o la Patagonia el choque cultural era inevitable y en cuanto a las consecuencias el daño ya está hecho, lo que queda es mirar hacia adelante y devolver a nuestros pueblos originarios su dignidad, pero cuidado que esa dignidad nunca será alcanzado manteniéndolos en el subdesarrollo y convirtiéndolos en un atractivo para los turistas. Tan vejatorio como perseguirlos en el pasado es convertirlos en especies de museos vivientes como pretenden algunos en el presente.
Los pueblos originarios, deben encontrar el justo balance entre valorar, preservar y transmitir sus formas de vida ancestrales a la vez de acceder a la salud, educación y tecnología propias del mundo actual. En tanto la sociedad latinoamericana en su conjunto debemos dignificar y valorar tanto a los colonos que cruzaron el atlántico para radicarse en nuestras tierras como a las etnias que las habitaban desde hace siglos, al fin y al cabo somos igualmente hijos mestizos de ambos.

lunes, 16 de enero de 2012

Paisajes Privados

Hace algunas semanas tuve la oportunidad de tomar algunas fotografías en el campus de una prestigiosa universidad nacional. Entre muchas otras cosas me llamó la atención sus hermosas áreas verdes y el cuidado trabajo de paisajismo hecho en el lugar; y es que a simple vista se nota que los administradores del lugar tienen más que claro que para el adecuado desarrollo académico no basta con salones de estudio, laboratorios y bibliotecas sino también un entorno adecuado.
Al caminar entre esos prados y lagunas no podía dejar de pensar en lo “civilizada” que era dicha comunidad de estudiantes, pero la verdadera razón de tan cuidado paisaje la descubrí avanzada la tarde cuando un verdadero ejército de jardineros y aseadores literalmente invadió el lugar.
Al día siguiente visité los Saltos del Laja, la más conocida cascada de nuestro país, un lugar profundamente ligado a mis recuerdos de infancia porque mis padres solían veranear en sus cercanías así que puedo decir que es un sitio que conozco como la palma de mi mano o al menos eso creía.
Mientras deambulaba entre los puestos de suvenires propios de todo destino turístico encontré una fotografía con una vista aérea del lugar y por un momento quedé casi petrificado al descubrir que la cascada era en realidad un conjunto de saltos que se sucedían entre los bosques. Inmediatamente comencé a averiguar cómo podía acceder a las demás caídas de agua y ahí mi sorpresa se transformó en indignación cuando me enteré que los saltos menores, por lo demás bastante más bellos que el principal, solo podías ser vistos desde un terreno privado propiedad de un complejo hotelero.
¿Cómo es posible que alguien se adueñe de nuestro patrimonio visual? ¿Cómo puede ser que el acceso a ciertas bellezas naturales sea condicionado por el poder adquisitivo de cada cual?
Estos y muchos otros indignados cuestionamientos pasaron por mi mente en los instantes siguientes hasta que al acercarme al borde de los Saltos de “acceso público” vi esa rivera llena de latas de cervezas, huesos de pollo y papel higiénico.
Definitivamente en aquellos sitios donde no se puede contar con un ejército de aseadores tan solo la lejanía, como en el caso de los Parques Nacionales, o los cobros excluyentes parecen poder mantenerlos a salvo de nosotros mismos.
Lamentable pero cierto.

sábado, 16 de abril de 2011

Los Colores de la Tormenta

En mi afición por la fotografía, en particular de coloridos atardeceres, hace poco menos de un año programé un viaje a una zona costera del centro sur de mi país de donde había visto unas imágenes realmente cautivadoras de algunos fotógrafos amigos.
Pocas horas antes de iniciar mi viaje fui notificado de mi despido en la empresa en la que trabajaba, aún así no postergué mis planes, pero quizás como en una señal de que aquellos días serían aciagos al llegar a mi destino se había desatado la peor tormenta de viento y lluvia ocurrida en todo aquel invierno e incluso tal vez en años, así que mejor olvidarse de las bellas puestas de sol, pero como el viaje ya parecía resultar una prueba a mi porfía aún así me dediqué a pasar largas horas tomando fotografías cubierto por una buena chaqueta, gorro y una funda para la cámara.
Una vez de regreso en casa al intentar editar las capturas en mi computadora todas las fotografías parecían haber sido tomadas en blanco y negro. Es que los colores no son más que la forma en que determinados elementos reflejan la luz, incluso de noche ese reflejo tiende a ser azulado, pero con la tormenta desatada por momentos las luz pareció irse por completo y las nubes eran escasamente atravesadas por unos grisáceos rayos que iluminaban un grisáceo mar a orillas de una playa ya por si de arenas negras.
Es curioso pero casi un año después me doy cuenta que aquel finiquito laboral resultó ser una bendición, primero por ciertos acontecimientos que ocurrieron más tarde en aquella empresa, segundo por el trabajo que encontré meses después, mejor en lo salarial, en proyección y en tiempo libre; y tercero porque en el intertanto que estuve desempleado pude hacer algo que había postergado por demasiado tiempo: dedicarme a mi mismo, de esta forma ordené ideas, se acabó el estrés, recuperé una presión arterial normal, volví a dormir como corresponde y como guinda de la torta tuve la ocasión de reencontrarme con un viejo amor de juventud (cosa que trabajando donde estaba hubiera sido imposible) que hoy es la mujer de mis afectos.
En cuanto a la fotografía me di cuenta que las tormentas por oscuras que sean también tienen sus colores y que estos pueden resultar más cautivadores que el más rojo de los atardeceres

sábado, 15 de enero de 2011

Columnas Milenarias

Mientras sus semillas recién empezaban a brotar algunos barcos nórdicos enviados por Erick el Rojo arribaban por primera vez a las costas de Norteamérica; cuando alcanzaron sus primeros cinco metros de altura en Tierra Santa los cruzados regaban de sangre las calles de Jerusalén; al llegar a los diez metros Genghis Khan se lanzaba en la conquista del Asia central; mientras ellas llegaban a los quince metros al otro lado del mundo William Wallace era derrotado en la batalla de Falkirk; al alcanzar los veinte metros en Francia no dejaba de pronunciarse el nombre de Juana de Arco; al llegar a los veinticinco metros de altura Cristobal Colón descubría la ruta a las Indias occidentales; mientras se coronaban con treinta metros en Inglaterra William Shekaspeare escribía sus primeras obras; contando los treinta y cinco metros el shogunado del Japón decide expulsar a los extranjeros y permanecer en un ostracismo de dos siglos; al arribar a los cuarenta metros las potencias europeas se unían para enfrentar el creciente poderío de Napoleón; al alcanzar los cuarenta y cinco metros el mundo entero se encaminaba a la Primera Guerra Mundial; al cumplir los cincuenta metros y el milenio de existencia un irresponsable no apago bien la colilla de su cigarrillo haciendo que estos testigos de la historia murieran consumidos por el fuego.

lunes, 20 de diciembre de 2010

Nahuelbuta (Republicación del 04/06/10)

El Parque Nacional Nahuelbuta es el último refugio de bosque nativo, principalmente Araucarias y Coigües, en la Cordillera Costera del centro sur de Chile. Actualmente esta zona protegida es una verdadera isla de flora autóctona en medio de millones de hectáreas de pino radiata simétricamente plantados por las empresas forestales para abastecer la industria de la celulosa.
Hace algunos días lamentablemente debí visitar a mi ejecutivo de cuentas para refinanciar uno de mis créditos bancarios. Lo anterior aparentemente no tiene ninguna relación con los árboles de Nahuelbuta, pero el punto es que para cumplir con el trámite de repactación debí firmar al menos medio centenar de documentos entre solicitudes de crédito en triplicado, seguro de desgravamen en quintuplicado, opcional de seguro de cesantía, declaración patrimonial, declaración de no participación en sociedades anónimas y un sin fín más que ya no recuerdo. Mi ejecutivo parecía un energúmeno poseído por un éxtasis casi místico imprimiendo e imprimiendo copias de documentos incesamente en su impresora laser que luego me alcanzaba para que yo estampara mi firma con mi mano ya casi acalambrada.
Esta experiencia me convenció de que en la Patagonia, en medio de la Amazonia o en algún lugar de Finlandia o Australia, el Banco Santander debe tener su propio bosque privado con su correspondiente planta de celulosa destinado a proveer del papel necesario para sus operaciones comerciales. De seguro no muy lejos de aquel bosque han intervenido el cauce de algún río con una represa para poder generar la energía eléctrica suficiente para mantener en funcionamiento constante su red de impresoras.
Me parece inaudito que en plena era informática todavía se usen toneladas de papeles que en formato digital podrían ser almacenados en un pequeño disco duro. Algún abogado me dirá que tal vez de acuerdo al marco jurídico actual los documentos digitalizados no tienen validez legal o que se yo que vacío constitucional, pero es allí donde deben actuar por primera vez en forma proactiva nuestros legisladores modificando lo que haya que modificar.
De seguro en estos precisos momentos mi ejecutivo de cuentas debe haber dado la orden de que se plante un árbol con mi nombre, el que va ser nutrido con toda clase de fertilizantes de crecimiento ultra rápido cosa que alcance a ser talado y convertido en papel de aquí a que tenga que pedir un nuevo crédito.
Lamentablemente las Araucarias y Coigües milenarios de Nahuelbuta tarde o temprano terminaran convertidos en un trozo de papel tamaño A4 en el que imprimiremos algún e-mail que un par de horas después arrojaremos al tacho de la basura a no ser que….. disculpen la interrupción pero mi ejecutivo de cuentas me acaba de llamar para avisarme que faltaron un par de documentos por firmar así que debo ir al banco.
PD: Hace pocos días se informó por la prensa que el gobierno impulsa un proyecto para que el papel dejé de usarse en las instituciones del estado.

lunes, 20 de septiembre de 2010

Hijos de la Mar

Don Alipio es todo un lobo de mar, hijo y nieto de pescadores, incluso suele mencionar que uno de sus ancestros participó en la captura de Mocha Dick, la gigantesca ballena blanca que hizo naufragar a decenas de barcas en estos lares a principios del siglo XIX y en la que se inspiró Melville para escribir su célebre novela. Sus mayores orgullos son sus dos Lucías, una es su esposa y la otra es su lancha pesquera de la cual es el patrón. Su sobrino y navegante es Ramón, sirvió en la naval por un par de años para luego estudiar en la escuela de tripulantes y trabaja con su tío sólo con el objeto de acumular las horas de navegación que un día le permitan comandar uno de los enormes pesqueros escandinavos con los que suelen toparse mar adentro.
El resto de la tripulación lo componen don Marcelo, amigo de infancia de don Alipio y ligado a este por una complicada red de compadrazgos, trabajó casi toda su vida bajo tierra en los yacimientos carboníferos y sólo se lanzó al mar como una forma de mantener a su familia cuando estos cerraron; Ramiro, un gordo enorme que cada vez que pisa tierra gasta todo lo ganado en el prostíbulo del pueblo; Leonel el “Indio”, un mapuche lafkenche de rostro áspero, mediana estatura y cuerpo fornido; Willy el “Alemán”, descendiente de los primeros colones germanos llegados a la zona quien para disgusto de su familia se unió al movimiento hippie en los setentas y tras verse sin estudios y sin heredad no tuvo otra opción que dedicarse al oficio de pescador; y finalmente Manuel, el más misterioso de todos, sencillamente apareció un día en el pueblo, nunca habla de su pasado ni de donde proviene, se rehúsa casi con violencia a desembarcar en los puertos del norte y es hábil como nadie con el cuchillo por lo que sus compañeros suponen que debe estar huyendo de algún conflicto con la ley.
Aunque diversos en sus edades, educación e intereses, forman una pequeña familia, una cofradía de camaradas que se interna por semanas a cientos de kilómetros de la costa en busca de los ansiados jureles, reinetas, róbalos y sierras. Poco importan las largas ausencias, poco importan los vientos amenazantes, poco importan las gigantescas olas, don Alipio posee una suerte de intuición que le permite predecir el mal tiempo lo que siempre los ha mantenido a salvo, aunque…
Han pasado ya cinco días desde que terminó el temporal. En el casino de pescadores de la localidad la señora Lucía, quien en tantas ocasiones había acompañado las tristes esperas de sus vecinas que de alguna forma sabía que tarde o temprano llegaría su turno de ser acompañada, sostiene un rosario en su mano derecha mientras con la izquierda abraza a Camila, la novia de Ramón con quien iba a casarse en dos meses. A su lado doña Eliana, esposa de don Marcelo, contempla desconsolada el océano preguntándose porque tantas veces su viejo salvó de los derrumbes en la mina para ahora perderse en las profundidades marinas. Tras ellas la madame del prostíbulo y dos de sus chicas cumplen con hacer presencia por el infortunado Ramiro, cabe destacar que una de las muchachas de verdad había llegado a querer al gordo. Al fondo del galpón Nora, la mujer del “Indio”, consuela a sus dos pequeños hijos, hablándoles en lengua mapuche les dice que no se preocupen porque cuando un lafkenche se pierde en las aguas su alma se une al séquito del espíritu que mora en lo profundo y este como pago siempre proveerá de alimento, buenos peces y abundancia de mariscos, a su familia por lo que de ahora en adelante ellos serán hijos de la mar. En el corredor que conduce al embarcadero dos hombres, hermanos de Willy, fuman incesantemente, por ellos las mujeres supieron que el desdichado en realidad se llamaba Wilfred Von Körtwick y entendieron porque para sus esposos era más sencillo tratarlo simplemente como el “Alemán”.
Diez minutos después que un cortés teniente de la Naval les informara que los guardacostas habían cesado la búsqueda un lujoso auto se estacionó frente al lugar. Una mujer rubia, hermosa y elegante, descendió del asiento trasero del vehículo vestida entera de negro y con uno enormes anteojos oscuros cubriendo su rostro. Las mujeres alcanzaron a oír que preguntaba al oficial por la suerte de Manuel y por fin entendieron que no era de la ley sino que de un mal de amores de lo que huía aquel misterioso hombre.

domingo, 15 de agosto de 2010

We Tripanto

Como la mayoría de las comunidades indígenas sudamericanas los mapuches, pueblo originario que habita el sur de Chile y Argentina, celebran el solsticio invernal como el punto de partida de un nuevo año, cuestión que podría parecer a simple vista contradictoria porque la fecha marca el punto culmine en términos de las inclemencias meteorológicas y quedando aún por delante los meses más duros del invierno. Pero nuestros pueblos ancestrales no lo ven así, para ellos ya ha tenido lugar la noche más larga y de ese instante en adelante, a pesar del frío, cada día será más luminoso que el anterior.
En la cosmovisión mapuche “Antu” (el sol) hace meses inició un viaje alejándose del mundo de los hombres hasta escuchar el llamado del “Mapu” (la tierra) que tiene lugar durante el solsticio, es entonces cuando el astro rey inicia su marcha de regreso trayendo consigo al “Picúnmapu”, “Puelmapu”, “Huilmapu” y “Lafkenmapu”, los cuatro vientos, lo que hará que en las próximas semanas y meses abunden las lluvias que prepararán los campos para la siembra y luego la cercanía de Antu hará brotar semillas y frutos así como recibirá el nacimiento de corderos, potrillos y polluelos.
Pero si bien el Wetripantu, o nacimiento del nuevo sol, es en sí una fiesta el cómo se lleva a cabo dista bastante de lo que en nuestra cultura occidental consideramos como una celebración. Acá no existe el alcohol en abundancia, el confeti y la música pachanguera, sino que se trata más bien de una íntima reunión al calor del fuego con la familia y los amigos más cercanos en donde usualmente los extraños no son bienvenidos pues consideran esta una instancia sagrada. ¿Porqué se me permitió participar de la ceremonia? Supongo que un par de horas de caminata bajo una lluvia inclemente fue prueba suficiente de mi respeto por sus tradiciones, además imagino que en esas circunstancias se les hacía difícil enviarme de vuelta por el mismo camino.
Adentrada la noche la comunidad se reúne al interior de la “Ruka”, vivienda tradicional hecha de madera y techada con paja, todos rodean el fogón central mientras se bebe yerba mate en abundancia acompañado de tortillas de harina y carne ahumada. En una organización netamente patriarcal le corresponde al lonko, el más anciano y líder del clan, revivir uno a uno los relatos aprendidos de sus ancestros donde se narra la cosmovisión de su pueblo, el significado de sus nombres y apellidos, las hazañas de sus héroes, además de discutir los desafíos de los tiempos modernos, todo ello seguido ávidamente por los más jóvenes y en especial por los niños, y es que el Wetripantu consiste por sobre todo en traspasar sus saberes a las nuevas generaciones.
Poco antes del alba la comunidad hace sonar sus instrumentos y grita celebrando la llegada del nuevo sol, luego danza en círculos alrededor del Rehue (el tótem familiar) al compás del Kultrún, su tambor ceremonial, para después agradecer a los cuatro vientos y elevar plegarias pidiendo las bendiciones de Chau Ngüenechen, el dios creador y protector del pueblo mapuche. Finalmente todos marchan hacia el curso de agua más próximo donde lavan profusamente su cuerpo despojándose así de las enfermedades y energías negativas del año que termina a la vez que renuevan su “Newen” (fuerza).
Esta foto quizás represente en propiedad lo que es el Wetripantu: el fogón en torno al cual se reúne la familia, el tambor ceremonial que dirige sus danzas, y un niño mapuche aprendiendo las hermosas historias contadas por su abuelo.

sábado, 10 de abril de 2010

Reinventado (Republicaión del 19/05/09)

En 1997 luego de un siglo y medio de faena llegó a su fin la explotación de las minas de carbón en la ciudad de Lota. Al cabo de algunos años piques mineros como el famoso Chiflón del Diablo se convirtieron en destacados atractivos turísticos y los mismos mineros que trabajaron allí toda su vida continuaron internándose en las profundidades de la tierra ahora como guías de visitantes ávidos de conocer la vida Subterra. Pocos meses atrás el protagonista de esta fotografía me guió por los intrincados laberintos subterráneos del novelístico Chiflón del Diablo. La interesante experiencia allí vivida sería bastante larga de relatar pero me remitiré a los comentarios de este ex minero respecto a las interminables jornadas de trabajo de más de doce horas, la imposibilidad de calentar alimentos o líquidos pese al frío imperante por temor a provocar una explosión de gas, el cómo niños de ocho años eran iniciados en las faenas mineras, los constantes accidentes fatales y el como buena parte de los mineros desarrollaba enfermedades crónicas como artritis o silicosis. Todo lo visto y oído en aquel lugar me pareció más cercano a una forma moderna de esclavitud que a una actividad productiva, pero este hombre parecía añorar con melancolía sus años horadando la tierra prefiriendo mil veces esa dura forma de vida antes que vivir dependiendo del caprichoso flujo de turistas y curiosos. La reconversión laboral ha sido difícil para estos rudos hombres, pero para bien o para mal la reconversión o más aún la propia reinvención es una constante y casi una necesidad en los tiempos modernos. Cuantos de nosotros hemos estudiado una carrera por vocación y hemos terminado haciendo algo completamente distinto, cuantas veces los cambio de trabajo han implicado también un cambio radical en nuestra forma de mi vida. Entre mis colegas directos cuento un ex estudiante de arquitectura, un ex estudiante de psicología, un ex miembro de las fuerzas armadas y un contador, todos ellos ahora dedicado a la atención de público. La reinvención marca la posibilidad de adaptarnos al siempre caprichoso y cambiante mercado laboral, pero también marca la posibilidad de irnos superando, de continuar creciendo, de no rendirnos ante las circunstancias, de ser capaces de seguir adelante más allá de las vicisitudes de tal o cual crisis personal, laboral o económica. La reinvención es lo que nos permite no anclarnos al pasado ni conformarnos con nuestro presente sino continuar mirando al futuro y aunque encuentro de pésimo gusto vivir citando frases ajenas en esta ocasión se justifica parafrasear las palabras del poeta Nicanor Parra : "...Yo levanto mi copa por el día que vendrá,... que es lo único de lo que realmente disponemos".

Actualización: Después del violento terremoto y siguiente tsunami que estremeció el centro sur Chile, y en donde Lota fue una de las zonas más afectadas, la necesidad de reinventarse se ha hecho más patente y potente que nunca, ya no reinventarse de una actividad laboral a otra sino reinventarse por completo desde donde vivir y en qué trabajar hasta que futuro esperar y que sueños perseguir.

miércoles, 10 de febrero de 2010

Torrente

Mientras publico esta entrada me encuentro en un terminal de buses esperando iniciar viaje al extremo sur de Chile, a las puertas de la Patagonia, a aquellas tierras en donde volcanes cubiertos de nieves eternas, ríos caudalosos, lagos escondidos entre bosques impenetrables, islas deshabitadas y extensas llanuras se funden en un solo paisaje sorprendente y complejo.
Aquellos lares son atravesados por el Yelcho, el Futaleufú, el Palena, el Cisnes y el Baker, algunos de los ríos más caudalosos del mundo, una delicia para los fanáticos de la pesca con mosca, el rafting, el kayaking y en general para todos aquellos que disfrutan del contacto con la naturaleza en su estado más puro y salvaje. Lamentablemente sus torrentosas cuencas también se han convertido en un apetecido tesoro para los dueños de las empresas generadoras de electricidad que en cada salto de agua ven la posibilidad de instalar una monumental represa que abastezca de miles de mega watts hora a nuestro país y al sur de Argentina.
Es innegable la necesidad de energía para mantener el desarrollo económico de dichas regiones, también es cierto que de todas las formas de generar electricidad la producción hidroeléctrica es una de las menos contaminantes, pero también es cierto que esta es una de las que más afecta los ecosistemas circundantes. El avance productivo puede justificar entonces alterar el curso de los ríos, inundar miles de hectáreas y llenar de torres de alta tensión un paisaje hasta entonces en estado virgen. No es más racional continuar potenciando las actividades económicas ligadas al turismo, mal que mal cada año son miles quienes están dispuestos a cruzar medio mundo para conocer estas tierras dejando una importante cantidad de divisas a su paso (estamos hablando de un promedio de U$ 500 diarios por visitante).He escuchado a ciertos líderes de opinión declarar que “es preferible que estas aguas se destinen a la producción energética antes que se pierdan en el mar”, es que acaso las aguas ¿se pierden en el mar? Me parece que dichas declaraciones son un absoluto desconocimiento del ciclo del vital elemento (cuestión conocida por cualquier niño de primaria). Además puede el estado de Chile vender los derechos de uso de un agua que no le pertenece a ningún gobierno de turno en particular sino que es patrimonio no de todos los chilenos sino de toda la humanidad.
Gracias a Dios en algunos casos ha primado la cordura y una visión a largo plazo y es así como Comisión de Protección del Medio Ambiente ha declarado innegociables los derechos de agua sobre los cursos del Palena y el Cisnes, es de esperar que igual situación ocurra con los demás ríos patagónicos. Por otro lado en España la casa matriz del BBVA, hasta hace poco principal financista del proyecto HydroAysén, señaló que ha optado por retirar su apoyo a dicho proyecto debido a que su ejecución contradice la visión ambiental del banco hispano. Honestamente creo que esta decisión tiene más que ver con un estudiado plan de relaciones públicas que con un verdadero compromiso con la ecología, pero sea como sea ya es un avance.
De mi paso por este rincón austral de seguro les contaré más adelante, por el momento sólo permítanme tener un lapsus de ecologista furioso y gritar a viva voz: PATAGONIA SIN REPRESAS!

martes, 5 de enero de 2010

Las Barbas del Abuelo

El liquen que pueden ver cubriendo la corteza de la araucaria en la fotografía es una criatura asombrosa. De partida no es "una" sino la unión de dos seres vivos: un hongo y una alga que conviven en una perfecta simbiosis. Para existir, los liquenes necesitan de abundante humedad, poca luz solar y un "suelo" con algún grado de descomposicióm, por lo mimo solo es posible encontrarlos en árboles ancianos que según la especie superan los cien o más años, solo en estos el follaje entrega la sombra necesaria y la corteza es lo suficientemente rica en nutrientes producto de su degradación. Más allá de las cualidades botánicas, en lo estético los liquenes vienen a ser una suerte de verdadera barba par los árboles adultos y su tono verde musgo pareciera ser las canas de estos gigantes centenarios.
Me llama la atención como en nuestra sociedad ha cambiado la relación con las barbas canosas. Como algunos saben vengo de una familia conservadora en donde el respeto irrestricto por los mayores era una norma inquebrantable e incuestionable. Del pater familia de turno siempre habí algo que aprender y nunca sus consejos y experiencia podían ser desechados.
Al mirar atrás me parecen lejanos esos días cuando era un muchacho de casi veinte años que recién entraba al mundo laboral y que tenía todo por aprender de sus colegas y superiores más adultos. Hor en día, tan solo veinte años después, sin cumplir los cuarenta años me he convertido en uno de los mayores en mi grupo de trabajo y no puedo negar que en más de alguna ocasión me he sentdo un tanto discriminado y menospreciado por los más jovenes. Es cierto que ya se hace dificil trasnocar un par de días seguidos para uego presentarse al trabajo como si nada, también es cierto que las visitas al médico, hasta hace poco inexistentes se han vuelto más periódicas, pero no es menos cierto que aún me queda muchísima energía y experiencia recogida que aportar, cuestión que se nota cuando las cosas se ponen difíciles y es el "abuelo" el que tiene que entrar a dar la cara por el resto y poner orden.
Si ocurre esto con quienes estamos recién cerca de los cuarenta que sucede con quienes tienen cincuenta, sesenta o más, dejaremos de considerarlos entes productivos y los enviaremo a un destierro propio de los lobos de las estepas.
Actualmente nuestra sociedad occidental se enfrenta a una paradoja sin precedentes: Nunca antes en la historia de la humanidad las esperanzas de vida habían sido tan altas, llama la atención que por ejemplo los mayores de cien años en Estados Unidos se acerquen a lo cien mil y se proyecten al medio millón para el 2040; también nunca antes, producto de los metodos anticonceptivos y la postergación de la maternidad, las tasas de natalidad habían sido tan bajas en los países desarrollados; pero, y ahí está la paradoja, con una población cada vez mayor y con una creciente optimización de su calidad de vida en la vejez, nunca antes habiamos rendido un culto tan excesivo a la juventud.
Toda nuestra iconografía publicitaria gira en torno a cuerpos jovenes y vigorosos, los máximos héroes del deporte son muchachos que hace poco aprendieron a anudarse los zapatos, las ventanillas de bancos, centros comerciales y oficinas de atención de pública rebosan de rostros tersos y sin canas.
Es cierto que aún la sociedad siente algún respeto por sus adultos mayores, pero a diferencia de Oriente, donde ese respeto se da en la forma de admiración, en occidente toma la forma de una suerte de conmiseración, de pena y lastima porque los abuelos no son capaces de hacer las cosas como las hacen los jovenes.
Nuestros desafío como sociedad no va solo en torno a salvar la ecología del planeta, lograr una mejor distribución de la riquezas, por nombrar algunos, sino también en torno a incorporar a nuestra masa productiva a ese inmenzo y creciente número de hombres y mujeres de pelo cano y años a cuestas que aún tienen muchísimo por entregar, no es posible que los obliguemos a que el paso de los años se transforme en el peso de los años.

domingo, 15 de noviembre de 2009

Trazos al Carbón

Permítanme contarles algo de Lota, una ciudad sin presente que avanza a paso firme rumbo al pasado como una forma de salvar su futuro.
Los inmensos yacimientos carboníferos presentes en el subsuelo lotino la convirtieron en el motor de la Revolución Industrial en Chile a finales del siglo XIX. De la mano de la extracción minera llegaron los avances tecnológicos: en Lota se instaló la segunda central hidroeléctrica de América latina diseñada por el mismísimo Edison, fue una de las primeras urbes chilenas en contar con alumbrado público, telégrafo, luego teléfono y sala de cine. La aristocrática familia Cousiño Goyenechea, dueña del mineral, construyó mansiones que pudieron ser la envidia de cualquier príncipe europeo y el parque botánico más completo del hemisferio sur en su época. También las duras condiciones de las labores extractivas permitieron que en Lota surgieran los primeros conflictos sociales, los movimientos obreros y las reivindicaciones sindicales.
Luego de más de un siglo de explotación del carbón los lotinos no se dieron cuenta que el mundo había cambiado, quizás por permanecer sus hombres tantas horas bajo tierra horadando la roca y sus mujeres en la iglesia rezando para que sus padres, esposos e hijos regresaran a salvo a casa, recibieron como una inesperada y desagradable sorpresa la noticia del cierre de las operaciones de la mina a mediados de la década del noventa. Conceptos como “elevados costos de extracción”, “búsqueda de fuentes de energía no contaminante” y “actividad laboral de alto riesgo” les resultaban incomprensibles, solo entendían que en la mina aún quedaban miles de toneladas de carbón que podía seguir siendo extraído.
De poco sirvieron los planes de reconversión laboral impulsados por el estado y los incentivos a la instalación de nuevas empresas, el dinero de las indemnizaciones prontamente comenzó a escasear. En ese escenario paulatinamente jóvenes y viejos comenzaron a abandonar la ciudad en busca de nuevos horizontes y Lota pareció condenada a una lenta agonía que de seguro culminaría convirtiéndola en un pueblo fantasma al igual que las abandonadas oficinas salitreras del desierto de Atacama o los campamentos mineros del oeste norteamericano deshabitados una vez finalizada la fiebre del oro.
Algo cambio este sino trágico, quizás fue algún loco turista gringo interesado en vivir por un día la experiencia de internarse en las profundidades del Chiflón de Diablo, el más peligroso pique de la red de túneles que conformaban la mina principal; quizás fue algún excéntrico botánico interesado en recuperar la belleza del parque botánico de la ciudad; quizás fue algún grupo de estudiantes de sociología interesados en explorar la vida en el Chile de finales del siglo XIX.. Sea cual fuere el inicio en algún momento se abrieron los piques, se pintaron de vivos colores los antiguos galpones, se restauraron sus mansiones y se decidió rescatar el una vez glorioso pasado carbonífero.
Los mineros retirados tomaron nuevamente sus trajes olvidados y regresaron a las profundidades de la tierra ahora como guías turísticos mostrando a los visitantes las duras condiciones en que trabajaron ellos, sus padres y sus abuelos. Los jóvenes comenzaron a vestir trajes de la época victoriana, como la chica de la fotografía, con los que actualmente muestran a los turistas las bellezas y excentricidades de mansiones y jardines señoriales. De paso se reabrieron los restaurantes que recuperaron los menús olvidados hace casi un siglo y los hoteles adornados de mobiliario belle epoque.
Visitar Lota es regresar por un momento al pasado, contemplarlo como si se estuviera en un gigantesco museo viviente, aprender de él, de nuestros aciertos, de nuestros abusos, de cómo se explotó sin piedad no solo los yacimientos sino por sobre todo a los hombres que trabajaban en ellos, de cómo permitimos que muchos vivieran en la más completa miseria mientras unos pocos llevaban una vida de reyes, pero también aprender de las ilusiones de hombres que solo buscaban que sus hijos tuvieran un futuro diferente y mujeres que solo añoraban ver llegar a sus hombres cada atardecer.
Lota parece pintada en trazos de carboncillo, en blanco y negro sin matices, llena de imperfecciones, pero allí radica su belleza, y de seguro seguirá explotando su pasado por los siguientes diez mil años hasta que el carbón bajo ella termine de convertirse en diamantes.

Al abuelo que no conocí porque un día trastabilló en un embarcadero con noventa kilos de carbón en su espalda; a la tía que no conocí porque la vida se le fue en la cama de un insalubre galpón consumida por una difteria, tuberculosis o fiebre tifoidea mal diagnosticada; a la abuela que no conocí porque tanto sufrimiento terminó por llevarse su cordura y después su vida; al padre que si muy bien conocí y amé, el que a los diez años se internó por primera vez en las profundidades de la tierra, el que emigró en busca de nuevos horizontes, el que logró cambiar su suerte y el que por alguna razón misteriosa hasta el último instante de vida soñó con regresar algún día a Lota.

jueves, 15 de octubre de 2009

Claro de Luna

Hace algunos meses me interné en las profundidades de la Cordillera de Nahuelbuta con la idea de tener durante el día un estrecho contacto con la naturaleza en estado casi virginal y por las noches el que mi hijo pudiera contemplar el maravilloso espectáculo de un cielo completamente estrellado usualmente oculto para sus ojos por la contaminación lumínica de nuestras ciudades. Lamentablemente unas porfiadas nubes y una rabiosa Luna llena nos obligaron a dejar la vista de las constelaciones para otra ocasión. Aún así la naturaleza nos regaló el magnífico espectáculo ofrecido por los rayos lunares descendiendo en medio de los bosques, perfectamente plateados y tan delicados que es imposible captarlos con una cámara fotográfica.
No sé ustedes pero en mi caso la acción de la naturaleza incide directamente en mis estados de ánimo. Las soleadas mañanas primaverales me energizan, los días de lluvia copiosa me sosiegan, las puestas de sol en verano me evocan romanticismo, y los preciosos claros de Luna me provocan una extraña sensación de nostalgia, una suerte de tranquila tristeza o dulce melancolía, y al parecer no soy el único.
El escritor Edmond Rostand decidió que fuera en un “Claro de Luna” que el Cyrano encontrara la muerte mientras la misma pálida luz iluminaba las lagrimas de su amada prima Roxana quien ya demasiado tarde había descubierto quien era el verdadero autor de las letras de las que se enamoró.
Como “Claro de Luna” es comúnmente conocida la hermosa Sonata 14 en Do# de Beethoven compuesta en medio de la tristeza de verse privado del amor de Constantina Gullietta Guicciardi por razones sencillamente sociales además de comenzar a sobrellevar su sordera. Según la tradición en el primer movimiento describe calmo su amor platónico, en el segundo describe sus encuentros y en el tercero libera toda su melancolía con una vehemencia casi inusitada.
“Claro de Luna” también se llama el cuento de Guy de Maupassant en donde el testarudo cura Marignan descubre en una visión bajo la plateada luz lunar el verdadero significado del amor romántico.
Casi cien años después de que lo hiciera Beethoven el compositor francés Claude Debussy bautizó como “Claire de Lune” a una de las obras de su soñadora juventud y aunque deseo que está no se publicará por encontrarla demasiado triste y melancólica terminó convirtiéndose hasta la fecha en su creación más reconocida.
Finalmente en 1974 el cantautor cubano Silvio Rodríguez dio un respiro a sus cantos a la revolución y en contra del imperialismo para componer “En el Claro de la Luna”, una de sus más delicadas melodías y una de sus poesías mejor lograda.
De más está decir que la presente entrada la reflexione fumando un cigarrillo bajo la melancólica luz de un claro lunar y como sería largo transcribir las obras de Rostand o Maupassant y las bellas melodías de Beethoven y Debussy son imposibles de traspasar a letras les dejo los versos de Silvio.

“En el Claro de la Luna donde quiero ir a jugar
Duerme la Reina Fortuna que tendrá que madrugar.

Mi guardiana de la suerte, sueña cercada de flor,
Que me salvas de la muerte con fortuna en el amor.

Sueña, talismán querido, sueña mi abeja y su edad;
Sueña y si lo he merecido sueña mi felicidad.

Sueña caballos cerreros, suéñame el viento del sur,
Sueña un tiempo de aguaceros en el valle de la luz.

Sueña lo que hago y no digo, sueña en plena libertad,
Sueña que hay días en que vivo, sueña lo que hay que callar.

Entre las luces más bellas duerme intranquilo mi amor
Porque en su sueño de estrellas mi paso en tierra es dolor.

Mas si yo pudiera serle miel de abeja en vez de sal.
¿A qué tentarle la suerte que valiera su soñar?

Suéñeme, pues, cataclismo, sueñe golpe largo y sed,
Sueñe todos los abismos que de otra vida no sé.

Sueñe lo que hago y no digo, sueñe en plena libertad,
Sueñe que hay días en que vivo, sueñe lo que hay que callar.


Sueñe la talla del día, -del día del que fui y del que soy-
Que el de mañana alma mí lo tengo soñado hoy.”