lunes, 15 de julio de 2013

Sombras de Tawantinsuyo

Solemos mirar a otras latitudes, usualmente al otro lado del Atlántico, cuando de buscar restos de historia, cultura y poderío se trata. Quizás tanto texto escolar con visión pro primer mundo, quizás tanto documental de canal europeo o norteamericano, o quizás tanto creer que la forma correcta de hacer las cosas es como se hace en el norte, que nos parece que la historia humana tan solo tuvo allá su devenir. 
Pero fue al sur del Ecuador, al este del Pacífico y al pie de Los Andes que se forjó un imperio tan extenso como el de Alejandro Magno, con magníficas ciudades ya centenarias cuando París, Londres o Praga eran poco más que una aldea, con una red de caminos que opaca la del Imperio Romano y con técnicas de construcción que ya las hubieran querido los antiguos egipcios. Mudas escaleras empedradas, majestuosas murallas centenarias, palacios, fortificaciones y un camino que desde la región de los cafetales en Colombia hasta el río Maule, miles de kilómetros al sur, atravesando sierras, acantilados, selva, altiplano, valles y desiertos dan cuenta de la gloria del Tawantinsuyo. 
Pero a diferencia de las frías ruinas del norte que se mantienen solo como un recuerdo de pueblos perdidos a este lado del mundo, en las calles del Cusco, en las paredes de Sacsaihuaman, en el pukará de Quitor o en la Escala del Inca de Yumani aún puedes ver a niños jugando como lo hacían quinientos años atrás.

sábado, 13 de julio de 2013

Tita

Fue bautizada como Ruth, Ruth a secas, sin segundo nombre, supongo que a mis abuelos después de ocho hijos ya se les estaba agotando el listado de nombres a usar. Para sus padres y hermanos menores fue la Uti, para los sobrinos que crío casi como sus hijos fue la tía Ru. 
Quizás como una muestra de cariño o por ese afán tan propio de los chilenos de usar diminutivos es que para mi viejo siempre fue la “Rutita” (recuerdo que le brillaban los ojos cuando decía ese nombre). Ese fue el nombre que recogió mi hijo, y como a los dos años la “r” es una letra difícil de pronunciar terminó siendo para todos “la Tita”. 
Fue así como el nieto por el que de seguro daría sus ojos terminó dándole el nombre que de seguro para ella es más preciado.

jueves, 11 de julio de 2013

Chelenko

Los mapuches los consideraban bárbaros por su vida nómade pero reconocían su coraje y los llamaron Tehuelches (la gente bravía); los españoles los consideraban bárbaros por adorar a la naturaleza y los llamaron Patagones por las enormes huellas dejadas en la nieve. Pero ellos se conocían a sí mismo como Aonikenk, el pueblo del sur. 
Durante siglos habitaron la comarca que va desde el Chelenko, el Lago de las Tormentas, aquel mismo que los argentinos hoy conocen como Buenos Aires y que los chilenos llaman General Carrera, hasta la montaña sagrada del Chaltén, aquella que los europeos renombraron como Fitz Roy. 
También durante siglos en sus aiken se dedicaron a cazar guanacos y beber el licor de calafate guachacay y también durante siglos vieron a sus dioses en los gigantes de mármol al interior del lago sagrado. Gigantes tallados por el agua turquesa y el viento patagónico.

martes, 9 de julio de 2013

Nicolino (Republicación del 10/09/09)

La poca habitual coincidencia de una soleada mañana de invierno y uno de mis días de descanso laboral fue una ocasión perfecta para dedicarla a mi pasión por fotografiar Valparaíso. Estando en lo alto de un mirador con magnífica vista al Pacífico se me acercó un anciano, después supe sumaba más de ochenta años, que me preguntó si era turista y si me gustaba contemplar el mar, a lo primero dije no y a lo segundo si. Inmediatamente y sin pedir ningún permiso previo comenzó a entonar una bella y simple canción acerca de la belleza de las costas. Lo poco inusual de su presentación me convenció de que se trataba o de un viejo loco o de un anciano sabio, cualquiera fuera la respuesta estaba más que justificado detenerme a conocer más del amistoso personaje. 
Nicolino nació en Nápoles, cuando tenía trece años sus padres decidieron abandonar Sicilia y cambiar las vistas del Vesubio por las del Pacífico Sur, quizás buscando una nueva vida en las costas americanas quizás huyendo de alguna vendetta, sea como fuere arribaron a Valparaíso a finales de 1939. 
Las cosas no comenzaron bien, a los pocos meses de llegado murió su padre. Nicolino se vio obligado a convertirse en Nicolás y asumir como el sostén familiar. Extranjero, con problemas con el idioma, sin educación, todo parecía estar en contra. Debió comenzar por recoger los desechos de telas en las manufactureras textiles los que después vendía como “guaipe” o paños de limpieza, en algún momento descubrió que estas sobras de género podían volver a hilarse y se inició en la venta de carretelas de hilo a las costureras y sastres de Valparaíso. 
Previo a cada giro en su relato el hombre decía con tono solemne “La necesidad es la que crea al órgano” y su historia parecía darle la razón. Luego de algunos años vendiendo y trabando amistad con los sastres porteños se adelantó a su época iniciándose en el outsourcing y contratando servicios externos terminó instalando la tienda más fina y exclusiva de corte y confección del Valparaíso de los años cincuenta. En las décadas siguientes incursionó en la venta de automóviles, la gastronomía y el negocio inmobiliario. 
Comentando mi encuentro con otras personas supe que Nicolino llegó a ser dueño de una hacienda de varias miles de hectáreas y de un par de edificios en la zona más exclusiva de la Viña del Mar de la época. Incluso hasta el día de hoy uno de los más prestigiados restaurantes de comida italiana lleva su nombre. 
Solo regresó a Sicilia en una ocasión a finales de los cincuenta a dejar flores en la tumba de su abuelo. La no despreciable fortuna que logró reunir es ahora administrada por sus nietos. Actualmente a sus ochenta y algo espera los días soleados para poder observar el mar sentado en lo alto de un mirador y ocasionalmente contar su historia de vida a algún desconocido. 
Al momento de despedirnos comenzó a entonar quietamente el “O Sole mío” y finalizado agregó “es que los napolitanos somos así le cantamos al mar, al sol, a las flores, porque solo nos interesan las cosas simples”. Nicolino ¿viejo loco o anciano sabio? Creo yo que una mezcla de ambos, pero decidan ustedes.

Nicolino ya hace un tiempo que nos dejó, pero ahora su espíritu ahora se pasea entre Nápoles y Valparaíso.


domingo, 7 de julio de 2013

Mercadotecnia

Ella tiene las reglas absolutamente claras. Primero ampliar el portafolio, porque aunque su especialidad son los cítricos también en su puesto es posible encontrar papas y frutas de temporada. 
Segundo marketing directo. Cada uno de sus gritos no es dado al azar sino que va dirigido a cada persona en particular adaptándose a cada caso, así podría ser un “lleve limones casera” o un “caserito no olvide los limones para la ensalada que si no los lleva lo van a retar en casa”. 
Tercer manejar la oferta y la demanda. Si hay abundancia de limones y baja demanda de ellos entonces se venderán a 2 kilos por $ 500.-, pero si hay escasez y por consiguiente aumenta la demanda el kilo costará $ 1.500.- 
Resulta increíble que algunos tengan que estar cinco años en una universidad para entender todo esto.

viernes, 5 de julio de 2013

La Muerte que no puede vivir sin nosotros

“La muerte que alguien espera, la muerte que alguien aleja, 
La muerte que va por el camino, la muerte que viene taciturna, 
La muerte que enciende las bujías, la muerte que se sienta en la montaña, 
La muerte que abre las ventanas, la muerte que apaga los faroles, 
La muerte que aprieta la garganta, la muerte que cierra los riñones, 
La muerte que rompe la cabeza, la muerte que muerde las entrañas, 
La muerte que no sabe si debe cantar, la muerte que alguien entreabre, 
La muerte que alguien hace sonreír, la muerte que alguien hace llorar. 

 La muerte que no puede vivir sin nosotros. 

 La muerte que viene al galope del caballo, 
La muerte que llueve en grandes estampidas.” 

 (Vicente Huidobro)

miércoles, 3 de julio de 2013

Santa Laura

Todas las fiebres son iguales, comienzan sin previo aviso, alteran por completo nuestro funcionamiento, nos hacen actuar erráticos, hablamos incoherencias, y así como llegan se van. Lo mismo ocurrió con la fiebre del oro en California y Alaska, la fiebre del caucho en el Amazonas peruano, la fiebre del petróleo en la Patagonia argentina, la fiebre de la sal en Mali, y tantas otras fiebres que han convulsionado al mundo. 
Nosotros también tuvimos nuestra propia fiebre, fue la fiebre del salitre en las pampas del desierto de Atacama. Por esa fiebre estuvimos dispuesto a sacrificar miles de vidas en una guerra contra los países vecinos interesados en el mismo nitrato, por esa misma fiebre años después nos enfrascamos en una guerra civil de tanto discutir como distribuís las ganancias del mentado negocio, por esa fiebre trasladamos miles de familias al corazón mismo del desierto más árido y seco del mundo, por esa fiebre vulneramos a los trabajadores llevándolos a los límites de la esclavitud, por esa fiebre no dudamos en asesinar a quien intentará reclamar sus derechos, por esa fiebre un país entero estuvo dispuesto a vender su alma al diablo. 
Pero como todas las fiebres un día esta pasó, entonces recuperada la lucidez sencillamente dejamos abandonado todo en medio del desierto.

lunes, 1 de julio de 2013

Cuturrufo

Era mediado del 2010. Aún no se promulgaba la nueva ley de tabaco así que el humo de medio centenar de cigarrillos encendidos llenaba el ambiente. Era también los años en que La Piedra Feliz se alzaba como el principal centro de la música underground en Valparaíso. Fue en esas circunstancias y en esa época que escuché por primera vez el endiablado bebop de Cristian Cuturrufo y su banda. 
Aunque obviamente hay una serie de elementos latinoamericanos en sus arreglos aún así una sesión musical del oriundo de Coquimbo era como trasladarse al Minton’s Playhouse del Harlem a principio de la década del ’40 donde se sucedían los Jam de Thelonious Monk, Charlie Parker y Dizzie Gillespie. 
Entre humo de tabaco, copas de vino y trompetas con sordina cada día viernes era la perfecta ocasión para disfrutar de la música, participar de alguna conversación entretenida y ver como el puerto de Valparaíso se transformaba en un lugar mágico. 
De un tiempo a esta parte los acordes de Cuturrufo se han anclado en el Bar El Clan del bohemio Barrio Bellavista en la capítal, ese es el lugar donde ir a buscar la magia.