sábado, 22 de agosto de 2015

Aguas Turquesa

Recuerdo haber visto en Flickr o Pinterest las bellas imágenes de los mercados flotantes sobre el río Mekong. Pequeñas balsas repletas de multicolores frutas navegando y ofertando sus productos sobre las turquesas aguas del curso fluvial del sudeste asiático. 
Tiempo después descubrí que en realidad las aguas del Mekong son de un intenso color ocre y que era común que algunos fotógrafos con la ayuda de Photoshop pintaban el agua en turquesa para dar mayor realze a sus capturas. 
Y esa es la realidad, mucho de lo que vemos en Facebook, Twitter, Flickr, Instagram u otras redes sociales, corresponde a un mundo tan solo virtual. 
Al menos las aguas patagónicas de Caleta Tortel si son verdaderamente turquesa.

miércoles, 19 de agosto de 2015

Melina y Daniela

Mucho se ha discutido sobre la diferencia entre viajero y turista. 
Quizás la más acertada definición sobre estas diferencias versan sobre el tiempo: mientras el viajero no cuenta con una planificación definida y administra su tiempo conforme a lo que se presenta ante él, el turista tiene planificadas sus llegadas, itinerarios, actividades y sus salidas; lo anterior lleva a que el viajero no tenga expectativas y se deje sorprender por los que encuentra en su camino en tanto el turista sabe perfectamente que es lo que verá en su viaje. 
Pero a mi me gusta los ejemplos prácticos: para mi un turista puede contar que conoce el Amazonas, en tanto un viajero puede contar que a dos días de navegación de Iquitos, en un recodo del río Taguayo, en una choza vive una mujer llamada Melina que suele pasar sus tardes meciéndose en una hamaca con la pequeña Daniela en brazos.

martes, 18 de agosto de 2015

Alturas Urbanas

Al observar la Columna de la Paz en Montevideo, el Obelisco en Buenos Aires, los campanarios de la Basílica de Arequipa o las columnas de los Sacramentinos en Santiago, es obvio darse cuenta que en alguna época solíamos caminar con la frente erguida y mirar hacia lo alto. Al parecer esto duro hasta mediados del siglo pasado. 
Quizás porque después llegaron las dictaduras militares en Sudamérica ocurrió que un día comenzamos a mirar hacia el suelo, y aunque recuperamos nuestras democracias nunca volvimos a alzar la vista. 
Esto parece que lo saben nuestros arquitectos, por eso en sus edificios modernos solo hay monótono concreto y cristal, donde da igual mirar el piso segundo, noveno o vigésimo cuarto, a fin de cuentas todos son iguales. Hoy solo deseamos estar en lo alto de una torre mirando tras los cristales como el resto del mundo se mueve a nuestros pies.

lunes, 17 de agosto de 2015

Los Sueños de Gladys

Los sueños de Gladys son simples: 
Cultivar junto a sus esposo su huerta que le proporciona de la quínoa y las patatas del sustento diario; cada nueve días, de acuerdo a los turnos de la comunidad, abrir sus casa a alguno de los turistas que diariamente llegan a Amantani y así obtener alguno soles extras; enviar a sus hijos a la escuela de la isla, esperar que estos sean aceptados en el internado secundario de Puno, y luego esperar que su hijo ojalá sea aceptado en la militar y su hija ojalá se case con un buen hombre.
Alguien podría decir que son sueños desesperanzados, pero los ojos de Gladys están llenos de ilusión.

domingo, 16 de agosto de 2015

Canción de Ronda

"Dame la mano y danzaremos;
dame la mano y me amarás.
Como una sola flor seremos,
como una flor, y nada más...

El mismo verso cantaremos,
al mismo paso bailarás.
Como una espiga ondularemos,
como una espiga, y nada más.

Te llamas Rosa y yo Esperanza;
pero tu nombre olvidarás,
porque seremos una danza
en la colina, y nada más..."
(Gabriela Mistral)

Con un paquete de galletas es fácil invitar a bailar una ronda

domingo, 9 de agosto de 2015

Conexión

Los más de 4.000 msnm se hacían sentir y el ascenso a lo alto del Cerro El Calvario resultaba por decir lo menos agotador, en especial para un tipo que obtusamente se rehusaba a dejar de fumar a pesar de la falta de oxígeno. Pero las contantes paradas para recobrar el aire habían tenido el saldo positivo de poder captar magníficas imágenes desde lo alto del Lago Titicaca, el pueblo de Copacabana y los comuneros aymaras que transitaban el macizo en busca de cumplir sus promesas a la virgen. 
En una de esas detenciones fue que la vi, allí en lo alto de Los Andes, con el lago sagrado a sus pies y rodeada de la Cordillera Real, sumida en alguna converación por Whatsapp o algún otro software de mensajería. 
Al verla casi instintivamente tomé mi móvil y lo primero que me sorprendió es que a pesar del paso de los días la batería aún se mantenía sobre el 60% merced de mantener el equipo en modo avión ya que no estaba dispuesto a cancelar a mi compañía los costos de roaming internacional y menos durante mis vacaciones; y también noté que hacía días que no me conectaba a la red y el mundo seguía su curso, quizás un poco más lento y desinformado pero definitivamente más tranquilo. 
Primero fue la llegada de los teléfonos celulares que nos permitían mantenernos en contacto más allá de las distancias y sin estar amarrados a un lugar físico; luego la mensajería de texto que hizo innecesarias la palabra hablada, más tarde la posibilidad de recibir correos electrónicos en el móvil y finalmente las redes sociales y el omnipresente whatsapp que funciona en base a la palabra inmediatez. 
Justificamos nuestra hiperconexión porque no responder ese correo a tiempo puede implicar perder un negocio, porque necesitamos estar disponibles para nuestros hijos en caso de que ocurra algo, porque es importante mantenernos comunicados con nuestras parejas, porque es necesario que el mundo pueda contactarnos cuando se le venga en ganas. 
Después de dos semanas perdido en medio del altiplano andino y sumergido en las abismales profundidades del Colca sin ninguna red wifi a la que aferrarse me di cuenta que mis clientes podían esperar a mi regreso para recibir respuesta a sus correos y de no ser así alguien en mi empresa sería capaz de solucionar sus requerimientos; que mi hijo, ya de veinte años, era perfectamente capaz de solucionar cualquier problema, a fin de cuenta lo he criado para ello; que mi pareja seguía amándome y que si bien es bueno decirse a diario un te amo, podía pasar algunos días sin leerlo sabiendo que aún así me mantenía pensando en ella; y me di cuenta que el mundo sigue su curso, que nada malo pasa, que el universo se mantiene en orden, a pesar de que facebook o twitter no me lo informen.

miércoles, 10 de junio de 2015

Salvo

El Palacio Salvo no pasa desapercibido desde ningún punto de Montevideo, pero resulta aún más imponente al verlo alzarse por sobre la antigua muralla que guarda la entrada a la Ciudad Vieja. 
No es sólo su tamaño, difícilmente el tamaño puede impresionar a un santiaguino acostumbrado a diario a la descomunal altura del edificio Costanera Center; es más bien su estampa, su clasicismo, la nostalgia presente en él y me imagino que haberlo observado en los tiempos de la Belle Epoque debió haber sido algo realmente sublime. 
Antes de viajar a Montevideo sabía perfectamente que este palacio tiene un hermano gemelo en Buenos Aires que quizás no resulta tan impresionante a la vista por estar atrapado en el sobrepoblado casco urbano próximo a calle Corrientes. 
Poco después de visitar la capital charrúa una querida amiga complementó esa historia contándome que ambos edificios habían sido construidos idénticos por un arquitecto francés con la idea de que uno al otro se miraran a través de la inmensidad del Río de la Plata. 
¡Qué idea más romántica! Dos almas gemelas contemplándose ad eternum, más allá del bullicio y diario vivir de la urbe, más allá de estar separados por el río más ancho del mundo, más allá de que diferentes banderas sean la suya. 
Pero en ocasiones también ocurre en los seres de carne, hueso y alma, cuando más allá del tiempo, las circunstancias, los sueños o el diario vivir, no dejamos de encontrar en medio de la locura de la ciudad los ojos de quien sabemos con certeza es nuestro igual mucho más allá de las distancias.

martes, 2 de junio de 2015

José Ignacio

Hace tiempo que no escribía ni editaba una fotografía. La razón era más que sencilla: no encontraba algo que me motivara a escribir o una fotografía sobre la cual detenerme a trabajar y aunque tenía hambre de hacer ambas cosas me mantuve esperando el momento o el motivo correcto. 
Semanas atrás leí “De la Amazonía a las Malvinas” de Beatriz Sarlo. En esta especie de ensayo en primera persona sobre la experiencia viajera la escritora argentina sostiene que en una época en donde podemos descubrirlo todo a través del internet lo único que en realidad nos sorprende en un periplo es aquello que se sale de control, eso que precisamente nunca pensamos encontrar. 
Quizás en alguna forma es así. Con mi hijo siempre recordaremos ese microbus en panne a medianoche en lo más alto de Los Andes la primera vez que viajamos a Perú o esa sorpresiva lluvia veraniega que nos obligó a abandonar a aventones el Parque Nacional Nahuelbuta, y como esas se me vienen a la mente increíbles conversaciones con algún taxista en Buenos Aires (una de ellas realmente del terror), la gruñona dueña de una pensión llena de gatos en Puerto Montt, una huelga de trabajadores mineros en Bolivia, entre otras. 
Pero también en muchas ocasiones lo que más atesoramos de algún viaje es precisamente lo que fuimos a buscar, lo que esperábamos encontrar, eso que mil y una vez revisamos a través de los videos de Youtube o los relatos de otros viajeros en la web, y en definitiva aquello que nos motivó a emprender vuelo. 
Algo así me ocurrió con el faro de José Ignacio, una pequeña villa turística en la costa atlántica unos pocos kilómetros al norte de Punta del Este que había descubierto mediante las redes sociales y aunque la escapada a Uruguay había sido motivada por la simple idea de caminar las calles que alguna vez anduvo Benedetti y disfrute de la brisa ríoplatense en las ramblas montevideanas, las copas en la Ciudad Vieja, y una sorprendente calma en el otoño de Punta del Este, siempre sentí que el final y el objetivo del viaje estaba en otro lugar, y que sin él siempre quedaría una deuda pendiente. 
Fue así como llegué a los pies de ese enorme faro erguido en los roquerios que enfrentan el Atlántico y flanqueado por un mar de dunas en un lugar que como dicen sus parroquianos “lo único que allí corre es el viento”; y definitivamente nada me sorprendió, era todo tal cual y como había sido descrito por otros, tal y cual como lo retrataban las fotografías de otros visitantes, y si bien estaba todo en su lugar, sin ninguna sorpresa evidente, la paz que envuelve el lugar me pareció un descubrimiento fascinante, uno por el cual había valido todo el esfuerzo en llegar allí y uno que daba por exitosamente culminada mi visita a las tierras charrúas. 
Y es así como en ocasiones lo más sorprendente es que no haya sorpresas y todo sea tal cual se imaginó porque, contradiciendo a la doctora Sarlo, no importa cuántas veces algo se haya visto o se haya leído sobre él no hay experiencia virtual que reemplace el estar allí.