Hay palabras o expresiones que son imposibles de traducir literalmente de un idioma a otro, este el caso de “Turn On Side” (textualmente sintonizar el lado). La primera vez que lo escuché fue en las transmisiones de los partidos de basquetbol de la NBA cuando mostraban una jugada desde cámaras situadas en el lado opuesto de la cancha y es que en resumen el término significa cambiar el punto de vista.
No me referiré a “cambiar el punto de vista” en términos motivacionales o de actitud frente a la vida, a fin de cuenta siempre me han resultado una tanto molestos los gurús de la autoayuda, pero si en el sentido de que algunas situaciones, personas y/o lugares se merecen una segunda oportunidad.
Hace años atrás estuve de paso por Arica en un viaje al Perú y la ciudad no me llamó para nada la atención. En las pocas horas que permanecí allí todos aquellos con quienes conversé me insistieron que no podía dejar de visitar el Morro de la ciudad cuya visión tampoco me resulto cautivadora por decir lo menos.
Unas pocas semanas atrás debí volver a la nortina urbe por razones laborales y la verdad es que la perspectiva de dicho viaje no me resultaba en ninguna forma llamativa. Igual que hace tres años deambulé frente al Morro y al igual que hace tres años no me llamo mucho la atención, pero como ahora disponía de algo más de tiempo opté por visitar el club náutico de Arica.
Les aclaro que el 99% de las fotografías y postales del mencionado morro están tomadas desde el noreste pero la ubicación de esta marina deportiva permite contemplar el peñón rocoso desde el suroeste, algo así como mirarlo desde el patio trasero. En este nuevo ángulo y a la hora del atardecer los ocres colores del peñón se reflejan en las aguas de la bahía donde se entremezclan con los tonos fucsias aportados por las nubes al ocaso generando una de las imágenes más llenas de calidez que me ha tocado observar y fotografiar.
No es bueno juzgar los libros por la portada, todo lugar desde el ángulo adecuado y con la luz adecuada puede ser hermoso.
domingo, 20 de marzo de 2011
Turn On Side
martes, 15 de marzo de 2011
El Florecer de Nano Stern
Es extraño que un artista que se niega sistemáticamente a aparecer en programas de televisión y que no permite que sus canciones sean tocadas en las radios más populares sea una verdadero ícono juvenil que agota entradas donde se presenta y cuyas composiciones, transmitidas principalmente de boca en boca, sean coreadas por una multitud. Es extraño que este mismo artista al que las productoras nacionales ignoran sea una figura de culto capaz de llenar estadios en los festivales folk realizados en Australia y Europa oriental. Es extraño que un joven oriundo de una familia acomodada eventualmente destinado a dirigir alguna poderosa empresa decida recorrer el mundo con unos pocos dólares en los bolsillos, cantando en las calles de Santiago de Compostela, haciendo dedo en la carretera hasta llegar a Budapest, acompañando a un circo gitano hasta Venecia, viajando de polizonte hasta Estambul y acompañando a una caravana hippie hasta Katmandú. Es extraño que alguien que ha viajado por los lugares más recónditos y sorprendentes del mundo nunca haya tomado una fotografía o video de dichos lares y decide retratarlos y compartirlos sólo a través de sus canciones. Pero estas extrañezas son las que han convertido a Nano Stern en una suerte de Kurt Cobain del rock indie en latinoamerica.
Florecer
“Florecer en silencio
Sintiendo el calor de la tierra por entre mis venas
Tocar a tu puerta por primera vez
Se despertaron las hadas que estaban durmiendo
Esperando el tiempo de extender sus alas.
Perecer por momentos
La vida deja de ser vida y paso a ser torrente
Y bebes de la fuente que es la esencia mía”.
jueves, 10 de marzo de 2011
Docas
De más está decir que nuestra historia moderna cuenta un innumerable sin fin de intervenciones en la naturaleza las que usualmente terminan bastante mal. En nuestro país estas intrusiones se iniciaron durante la época de la colonia española cuando los llegados del viejo continente trajeron matas de la ahora común y corriente zarzamora para usarla como enredadera para cubrir sus cercos, varios siglos después la zarza está considerada una plaga casi imposible de controlar que quita espacio a los arbustos autóctonos y que sellan los accesos a los cursos de agua.
Después vino la introducción desde Australia del eucaliptus, el que hoy muchos de mis compatriotas creen que es propio de nuestro país por su abundancia, luego y en el caso más dramático fue el turno de las palomas las que fueron traídas para adornar nuestras plazas y ahora ocupan cada cobertizo disponible en la ciudad y se han transformado en una peligrosa fuente de transmisión de enfermedades y parásitos.
Pero existen ocasiones en las que el hombre y la naturaleza pueden actuar en conjunto y ese ha sido el caso de las docas. Estas hermosas flores fueron introducidas al país con el fin de detener el avance de los médanos costeros, labor que han cumplido cabalmente y es por lo mismo que hoy se extienden por los casi tres mil kilómetros de nuestro costa convirtiéndose en una barrera que impide el avance de la erosión y que a la vez ayuda a la producción de nuevo suelo.
El ser humano es parte de su entorno y el cómo intervenga la naturaleza traerá más temprano que tarde serias consecuencias, pero esto no quiere decir que no pueda interactuar con ella. Bien aplicados nuestros conocimientos, ciencia e incluso intuición pueden ayudar a la incesante labor de la pacha mama, el asunto es que aprendamos a convivir con ella.
sábado, 5 de marzo de 2011
En la Barra del Playa
Aquel asiento a su lado data de principios del siglo pasado, época en donde se inauguro el mítico bar La Playa en el puerto de Valparaíso. Durante la década del ’50 no era extraño ver a Pablo Neruda sentado allí, incluso el mito popular señala que en un rincón de la barra estuvo escrito el borrador de uno de sus más célebres sonetos hasta que alguien decidió hacer un retoque en el barniz. Algunos de los principales exponentes de la cultura criolla iniciaron o terminaron allí una agitada noche de bohemia porteña y no son pocos los óleos de Gonzalo Ilabaca concebidos mientras degustaba alguna copa de vino en el lugar.
A ella no le importa nada de lo anterior, tan solo espera que en aquel asiento se vuelva a sentar aquel amable hombre que le invito aquel burbujeante trago aquella noche inolvidable.
lunes, 28 de febrero de 2011
Palafitos
Hace más de un año visité la Isla de Chiloé. Nadie puede decir que estuvo en Alaska sino pernocta en un iglú, o en el Amazonas sino pasa lo noche en una choza de paja durmiendo en una hamaca o en el desierto del Sahara sino durmió en un campamento beduino con tiendas hechas de piel de camello, de igual forma es imposible pretender conocer Chiloé sin pasar algunos días en un palafito, estas casas edificadas sobre pilotes a orillas del mar en donde con marea alta pareciera que el mar va a ingresar por las ventanas.
Si de dar datos se trata en el caso que visiten la isla les recomiendo hospedarse en el Hostal Palafitos de la ciudad de Castro, www.palafitohostel.com. Pero este refugio si bien intenta rescatar la esencia de las tradicionales construcciones de la isla no deja de ser un moderno hospedaje de unas cuantas estrellas, con Wifi, amplias salas comunes, cómodas habitaciones, baños limpios, una moderna cocina y demases características propias de una buena oferta turística.
El origen de los verdaderos palafitos se inicia en los lejanos años de la colonia española cuando el territorio de Chiloé fue repartido entre un centenar de hacendados españoles, fue entonces que el escaso remanente de indios chonos y la más numerosa población de indios huilliches a fin de mantener su libertad decidieron vivir en sus nalcas, pequeños botes de pesca. La necesidad de tener a sus familias con ellos hizo que prontamente las nalcas originales fueran reemplazadas por barcas de mayor tamaño en las que podía vivir sin problemas un numeroso grupo de gentes. Con el fin de no llevar una eterna vida nómade en algún momento las barcas comenzaron a ser varadas en las pantanosas costas y la misma madera del navío fue usada para darles la forma de una casa tradicional levantada sobre pilotes con la idea de adaptarse a los cambios de la marea.
De los palafitos originales surgidos ya hace siglos no queda absolutamente nada en la actualidad ya que con una dolorosa regularidad las costas de Chiloé son arrasadas por un maremoto cada ciento cincuenta años y de hecho todas las viviendas de este tipo que podemos observar hoy en día son posteriores a 1960, fecha del último tsunami que asoló la isla provocado además por el terremoto de mayor intensidad del cual se tengan registro.
Si en cualquier momento va a ocurrir un nuevo cataclismo (esa es una constante con la que nos hemos acostumbrado a vivir en Chile) ¿por qué se siguen construyendo estos palafitos que inexorablemente en algún momento serán destruidos por la fuerza del mar?, la respuesta es sencilla: porque ningún hacendado ni ninguna inmobiliaria están interesados en adquirir terrenos en estas pantanosas costas y en Chiloé si hay algo que abunda son las costas pantanosas y la madera con las que construir una vivienda. En resumen desde sus inicios el palafito fue la respuesta para los postergados, para los sin recursos, para los que deben adaptarse a las condiciones más difíciles con el fin de sobrevivir.
En alguna forma los palafitos chilotes son similares a las favelas brasileras, son pintorescos, definen la personalidad de sus ciudades, atraen a turistas por montones, pero no dejan de ser un símbolo de pobreza dura y extrema.
Por más que lo intentemos en nuestros viajes nunca dejaremos de ser visitantes de paso alojados en cómodas habitaciones que pretenden simular y acercarnos a las condiciones de vida de los autóctonos de lugar, pero en el fondo nunca dejamos de ser simplemente turistas.
sábado, 26 de febrero de 2011
Descansa
domingo, 20 de febrero de 2011
El Tendedero
Una de las cosas que más me llamaba la atención en mi niñez de Valparaíso era sus tendederos, esas cuerdas tiradas de una ventana a otra sobre las que se ponen a secar toallas de todos colores, poleras, pantalones e incluso ropa interior, quizás porque siempre viví en casas con patio y era en este donde se tendía la ropa lejos de la mirada curiosa y algunos caso indiscreta de los vecinos.
Pero los tendederos más que una solución práctica a la falta de espacios interiores tienen mucho que ver con los procesos sociales vividos tanto en Valparaíso como en muchas otras urbes desde la revolución industrial a la fecha.
Fueron los campesinos trasplantados a la ciudad y los centenares de inmigrantes en su mayoría europeos llegados a lo que a finales del siglo XIX era la urbe más pujante del Pacífico sur los que en pro de sus sueños debieron sacrificar espacio e intimidad viviendo hacinados en antiguos edificios que fueron conocidos como cités (derivado del término francés para citadino).
Los que alcanzaban a cumplir sus sueños de prosperidad eran rápidamente reemplazados en los cités por nuevas oleadas de inmigrantes nacionales y extranjeros. Mi padre fue uno de ellos, llegado a Valparaíso tras huir del duro trabajo en las minas de carbón del sur de Chile.
Que paradojal es que él durante años haya tenido que colgar sus calzoncillos a vista y paciencia de sus vecinos para que años más tarde yo y mi madre pudiéramos mantenerlos lejos de miradas ajenas en el patio de la casa que compró.
martes, 15 de febrero de 2011
Miras de Altura
Menciono todo lo anterior porque es curioso que sean contados con los dedos de las manos los santiaguinos que se sienten orgullosos de su ciudad y más aún que se sienten pertenecientes a ella, en su gran mayoría se consideran habitantes de paso que algún día emigraran de la capital a las provincias.
Quizás contribuya a ello sus insoportables tacos automotrices o tener que viajar en un metro subterráneo que en las horas punta es un verdadero horno. Quizás sea tener que transitar por el Paseo Ahumado diariamente acompañados por otros dos millones de personas, quizás porque moverse veinte kilómetros al interior de la ciudad toma más tiempo que moverse cien fuera de ella. Quizás pueden haber muchos.
Mi mirada de Santiago es la de un visitante, la del que se vio obligado a emigrar por una mejor oferta económica y laboral, pero he encontrado en ella una belleza que parece solo yo percibo. Me impresiona en invierno ver las montañas completamente nevadas sobresalir por sobre los rascacielos, me llaman la atención sus decenas de iglesias que datan desde la época de la colonia, me atrae lo pintoresco de sus habitantes e incluso me atrevería a asegurar que algunas de las puestas de sol más hermosas que he fotografiado han sido en medio de la ciudad como ocurre con la imagen que encabeza esta entrada, más de alguien se ha negado a creer que es la odiada Plaza de Armas en el corazón de la capital hasta que después de unos segundos me comentan: “es que está tomada de altura por eso se ve distinta”.
Por cierto la imagen fue tomada desde un sexto piso y justamente de eso se trata todo: de mirar las cosas desde un poco más arriba.







