
No sé si alguno de ustedes ha tenido la oportunidad de estar por sobre los 3.000 metros sobre el nivel del mar, si es así habrán sentido los efectos del temible mal de altura y sino al menos habrán escuchado hablar de él. Contrario a lo que comúnmente se cree la concentración de oxígeno en el aire es la misma que en menores alturas pero al disminuir la presión atmosférica nuestros pulmones deben trabajar mucho más para llevar el vital elemento al torrente sanguíneo. Lo interesante del mal de altura, también conocido como puna o soroche, es que presenta síntomas distintos en cada persona e incluso una misma persona puede ser afectada de diversas formas en diferentes ocasiones. Estas alteraciones, además de la obvia falta de aire, pueden manifestarse como alzas de presión, taquicardias, disneas, fatiga, mareos, vómitos, cefaleas y un amplio abanico de malestares ninguno de ellos gratos por cierto.
El cuerpo humano es una maquina maravillosa y prueba de ello es que las comunidades originarias del altiplano de los Andes o de la meseta del Tíbet han logrado aclimatarse a la perfección a tan duras condiciones de vida, como lo demuestra el comunero peruano de la fotografía que a más de 4.000 msnm conducía a su ganado por el abrupto terreno moviéndose con una agilidad casi felina mientras quienes lo observábamos no podíamos dar más de diez pasos seguidos sin detenernos a resoplar profusamente.
Los efectos de la altura para quienes no son naturales de dichos lares no pueden evitarse pero sí minimizarse si se siguen un par de consejos prácticos. El primero es tratar de ascender en forma lo más gradual posible, lo ideal es que una vez superada la barrera de los 3.000 metros se dé al organismo un tiempo de adaptación de cuarenta y ocho horas por cada quinientos metros ascendidos, esa es la explicación del porque una excursión de alta montaña puede tomar semanas en realizarse. Si no se dispone de los días adecuados la segunda opción es evitar todo tipo de esfuerzo físico y caminar lo más lentamente posible, en otras palabras o nos tomamos el tiempo necesario o nos tomamos las cosas con calma.
Hace algunos años mi estatus laboral (y por consiguiente económico) vario bruscamente al alza, fue como ascender bruscamente desde el nivel del mar a los 4.000 metros. Como no seguí ninguno de los consejos antes mencionado el resultado fue que sencillamente la altura me afectó profundamente y me mareé por completo. Renové buena parte del mobiliario de mi hogar, cambié las marcas de mi guardarropa, le concedí a mi hijo cada uno de sus caprichos, reemplacé la cerveza por el whisky de doce años y una serie de muestras de que no me encontraba en mi sano juicio. Arribismo dirá alguien, estupidez otro, inmadurez la mayoría, ustedes elijan el adjetivo y cualquiera estará en lo cierto. Como era lógico que ocurriera no pasó mucho tiempo antes que mi nueva tarjeta de crédito se viera absolutamente sobrepasada, los cheques comenzaran a ser protestados, mi ejecutivo de cuentas del banco de ser mi ángel de la guarda se convirtió en mi constante pesadilla, y lo que es peor algunas de mis amistades se vieran deterioradas porque nadie está dispuesto a soportar al pedante de aquellos en el que me había convertido.
Después de permanecer algunos días en la altura son necesarios varios meses para que los niveles de ciertas proteínas en la sangre vuelvan a la normalidad y de la misma forma después de que finalmente volví a reencontrarme con el sentido común perdido debió pasar bastante tiempo antes de que pudiera volver a colocar mi vida en el orden necesario. Puedo dar gracias a Dios, o a lo mucho que me quieren ciertas personas, de que recuperé buena parte de las amistades dejadas de lado, también que con mi ascenso y caída mi hijo pudo observar y comprender de primera fuente lo que la falta de prudencia puede provocar. De las cosas materiales le contaré que los anteojos de sol de diseñador me los robaron, la agenda electrónica de última generación se me extravió, regalé alguna de la ropa de marca y la que no a la vuelta de los años ya se encuentra inservible, cerré mis tarjetas y cuentas, aunque a cierto banco de capitales españoles oriundo de Santander le seguiré pagando mis pecados en cómodas cuotas mensuales por algún tiempo, pero ¿saben la verdad? todo lo anterior ya no me importa porque aunque afortunadamente mantengo el mismo trabajo mi encuentro de golpe con la realidad me hizo desarrollar un profundo desapego por las cosas materiales y la certeza de que como todo en la vida está en constante cambio, por sobre todo en lo laboral, algún día el dinero podrá ser más o podrá ser menos pero me siento lo suficientemente maduro para enfrentarlo.
Por cierto no me enorgullece en nada mi ataque de arrogancia tampoco quiero pontificar mi actual actitud desprendida ni menos quiero dar lecciones de vida,… sólo necesitaba contarlo.