martes, 5 de enero de 2010

Las Barbas del Abuelo

El liquen que pueden ver cubriendo la corteza de la araucaria en la fotografía es una criatura asombrosa. De partida no es "una" sino la unión de dos seres vivos: un hongo y una alga que conviven en una perfecta simbiosis. Para existir, los liquenes necesitan de abundante humedad, poca luz solar y un "suelo" con algún grado de descomposicióm, por lo mimo solo es posible encontrarlos en árboles ancianos que según la especie superan los cien o más años, solo en estos el follaje entrega la sombra necesaria y la corteza es lo suficientemente rica en nutrientes producto de su degradación. Más allá de las cualidades botánicas, en lo estético los liquenes vienen a ser una suerte de verdadera barba par los árboles adultos y su tono verde musgo pareciera ser las canas de estos gigantes centenarios.
Me llama la atención como en nuestra sociedad ha cambiado la relación con las barbas canosas. Como algunos saben vengo de una familia conservadora en donde el respeto irrestricto por los mayores era una norma inquebrantable e incuestionable. Del pater familia de turno siempre habí algo que aprender y nunca sus consejos y experiencia podían ser desechados.
Al mirar atrás me parecen lejanos esos días cuando era un muchacho de casi veinte años que recién entraba al mundo laboral y que tenía todo por aprender de sus colegas y superiores más adultos. Hor en día, tan solo veinte años después, sin cumplir los cuarenta años me he convertido en uno de los mayores en mi grupo de trabajo y no puedo negar que en más de alguna ocasión me he sentdo un tanto discriminado y menospreciado por los más jovenes. Es cierto que ya se hace dificil trasnocar un par de días seguidos para uego presentarse al trabajo como si nada, también es cierto que las visitas al médico, hasta hace poco inexistentes se han vuelto más periódicas, pero no es menos cierto que aún me queda muchísima energía y experiencia recogida que aportar, cuestión que se nota cuando las cosas se ponen difíciles y es el "abuelo" el que tiene que entrar a dar la cara por el resto y poner orden.
Si ocurre esto con quienes estamos recién cerca de los cuarenta que sucede con quienes tienen cincuenta, sesenta o más, dejaremos de considerarlos entes productivos y los enviaremo a un destierro propio de los lobos de las estepas.
Actualmente nuestra sociedad occidental se enfrenta a una paradoja sin precedentes: Nunca antes en la historia de la humanidad las esperanzas de vida habían sido tan altas, llama la atención que por ejemplo los mayores de cien años en Estados Unidos se acerquen a lo cien mil y se proyecten al medio millón para el 2040; también nunca antes, producto de los metodos anticonceptivos y la postergación de la maternidad, las tasas de natalidad habían sido tan bajas en los países desarrollados; pero, y ahí está la paradoja, con una población cada vez mayor y con una creciente optimización de su calidad de vida en la vejez, nunca antes habiamos rendido un culto tan excesivo a la juventud.
Toda nuestra iconografía publicitaria gira en torno a cuerpos jovenes y vigorosos, los máximos héroes del deporte son muchachos que hace poco aprendieron a anudarse los zapatos, las ventanillas de bancos, centros comerciales y oficinas de atención de pública rebosan de rostros tersos y sin canas.
Es cierto que aún la sociedad siente algún respeto por sus adultos mayores, pero a diferencia de Oriente, donde ese respeto se da en la forma de admiración, en occidente toma la forma de una suerte de conmiseración, de pena y lastima porque los abuelos no son capaces de hacer las cosas como las hacen los jovenes.
Nuestros desafío como sociedad no va solo en torno a salvar la ecología del planeta, lograr una mejor distribución de la riquezas, por nombrar algunos, sino también en torno a incorporar a nuestra masa productiva a ese inmenzo y creciente número de hombres y mujeres de pelo cano y años a cuestas que aún tienen muchísimo por entregar, no es posible que los obliguemos a que el paso de los años se transforme en el peso de los años.

sábado, 2 de enero de 2010

Carrusel

Cuando niño tenía una verdadera obsesión por los carruseles, incluso la única rabieta infantil de importancia que recuerdo fue porque mis padres no quisieron llevarme en cierta ocasión a una feria vecina en donde estaba el carrusel de mis sueños.
Me encantaba esa sensación de dar vueltas y vueltas sobre esos caballitos de madera pintados de vivos colores acompañado por la inigualable sensación de seguridad que me otorgaban los brazos de mi madre alrededor de mi cintura. En la medida que fui creciendo tomé conciencia que los caballos, camellos y delfines no eran reales; y que no importa cuántas vueltas diera el carrusel, cuánto tiempo permaneciera en él y cuantos kilómetros imaginarios recorriera montado en mi estático corcel, en realidad no había avanzado ni siquiera un metro.
En estos primeros días de un nuevo año tengo una sensación parecida: avanzar y avanzar sobre una briosa montura para finalmente encontrarme de nuevo en el punto de partida. Nuevamente los meses de verano giraran en torno a las vacaciones, con los gastos que ello implica; luego en marzo afrontaré el regreso a clases de mi hijo, con los gastos que ello implica; de ahí entre junio y noviembre se suceden mi cumpleaños, el cumpleaños de mi madre, el de mi hijo y el de varios familiares y amigos queridos; llegando a diciembre nuevamente me haré de ánimo para enfrentar la locura de las ventas navideñas.
Ya sé que todo lo anterior no clasifica necesariamente como rutina sino que es casi la ley de la vida y muchos acontecimientos, así como los meses, se sucederán eternamente, pero realmente deseo y me ilusiona el que algo positivamente nuevo ocurra este año, y no me refiero al mundial de futbol, cosa de no encontrarme en una año más con esta sensación de haber dado una vuelta en el carrusel de la supervivencia para regresar al punto de partida.
Quizás sea la ocasión de buscar un nuevo trabajo o de cambiarme de casa, tal vez retomar algún estudio inconcluso (tengo varios), quizás embarcarme en algún viaje sea físico o interior, pero creo que comenzaré con un objetivo más práctico: dejar de fumar, y como la fuerza de voluntad me ha jugado varias malas pasadas al respecto acabo de agendar una consulta con una médico especialista.

….. Saben qué? Ahora que lo recuerdo lo exquisito de los carruseles no consistía en llegar a algún lugar sino en disfrutar el viaje, así que más allá de lo que ocurra espero que cuando nos leamos nuevamente en un año más todos hayamos disfrutado de la travesía por un feliz 2010.

sábado, 26 de diciembre de 2009

El Altar de Navidad

Por fin se fue Navidad, frase que parece un poco hereje para los fanáticos de estas fechas, pero para mí el paso del 25 de Diciembre es sinónimo de recuperar mi vida, volver a tener tiempo para pensar y para escribir en esta columna que tenía bastante abandonada desde hace algunas semanas. De paso gracias por la preocupación de algunos y los buenos deseos de otros,
Entre mi infancia y mi adolescencia la navidad se celebraba en algún lugar como el de la fotografía. Una hermosa iglesia perfectamente adornada para la ocasión con la presencia de un magnífico coro polifónico que interpretaba canciones de gozo, amor y esperanza. En la iglesia donde asistía para el culto navideño una a una las familias pasaban al altar y unidas daban gracias por las bendiciones recibidas durante el año. Los regalos no importaban por su valor y su objetivo único era compartir alegría y buenos deseos.
Conforme llegué a la adultez y fuí dejando la fé de lado, la celebración navideña se trasladó al ambito familiar. La vispera del 25 era la ocasión para que todos nos reunieramos y cenaramos juntos alegres de volver a encontrarnos. Recuerdo incluso que en alguna época en la que trabajaba en cierta distante ciudad debía soportar casi desde el mediodía los atochamientos en las vías, la dificultad para encontrar pasajes y un largo viaje para llegar a casa, cuestión que se veía de sobra recompensada con el abrazo de mi hijo y mis padres. La cena, humilde o abundante, era seguida de una quieta y larga conversación y la visita de los vecinos con mutuo intercambio de para bienes.
Desde hace ya algunos años trabajo en una importante tienda de uno de los principales centros comerciales del país y desde entonces mi percepción de la fecha ha cambiado radicalmente. Como balance de este año puedo contar casi veinte días trabajando continúo, permaneciendo un mínimo de doce horas diarias en la tienda, dos leves alzas de presión, un coló irritable, unas cien tazas de café, una docena de bebida energizantes, más de cinco mil clientes atendidos, unos cincuenta reclamos por no ser atendidos a tiempo (según ellos pero a quien se le ocurre ir a comprar regalos el 23 de Diciembre y esperar ser atendido en forma expedita), un ciento cicuenta por ciento de cumplimiento de los presupuestos trazados para este fin de año y una docena de palmoteos en la espalda por el trabajo bien hecho.
También ví a gente humilde endeudarse por los siguientes tres años con tasas de interes que rozan la usura con tal de llegar a casa con el regalo prometido, a madres desesperarze porque el sueño de sus hijos se encontraba ya agotado, a otros despóticamente gastando cifras millonarias solo con el objetivo de quedar bien con su circulo social, a otros cediendo a los berrinches de niñas malcriadas que exigían que su regalo fuera el rosado con pintas fucsia aunque este costara el triple que el blanco que cumplía la misma función.
En cuanto a mí tanta, vorágine consumista me ha llevado de un tiempo a esta fecha a entregar obsequios solo a las personas más cercanas y que estos no superen los U$ 20.-, alguno lo consieraran egoismo pero para mi es la forma de abtraerme de la corriente imperante, en la contraparte mis amigos y familia saben bien que no aceptó regalos caros y que valoró sobre todo los hechos manualmente. En lo que respecta a la celebración decidí mandar a mi hijo a pasar la navidad a casa de su madre y que mi madre la pasara junto a unos familiares, yo me serví dos copas de vino junto a un pavo recalentado, luego me tomé un valium (prescripción médica pues sufro de insomnio) me levanté tarde a día siguiente realizé las visitas de rigor, fui con mi ihjo al cine, me reptí la dosis de valium y desperté hace pocas horas por fin descansado, con la tranquilidad de saber que la navidad había pasado y firmemente convencido que el verdadero altar en estas fechas no se encuentra en un humilde pesebre, ni en los atriós de una iglesia, sino que dentro de las atestada paredes de los centros comerciales.
PD: Casi lo olvidaba feliz fin de navidad y los mejores deseos para el 2010.

jueves, 10 de diciembre de 2009

Sabores con Historia

Cochayuyo y Merquén, eso es lo que se aprecia en la fotografía, dos ingredientes heredados desde la época prehispánica y que han permanecido en la gastronomía chilena hasta nuestro días. El primero es un alga presente en buena parte de nuestras costas y que es usada en guisos y ensaladas, en tanto el Merquén es un ají extremadamente picante fácil de cultivar y que luego de ser deshidratado es utilizado como condimento en toda suerte de preparaciones.
Ambos tienen algo en común: son fáciles de obtener y de preservar, estos elementos han marcado a la mayoría de los principales ingredientes de la tradición gastronómica en cualquier parte del mundo. El cebiche peruano, la paella española, los tamales mexicanos, el sushi japonés, la fejoada brasilera, el hagis escocés, la hamburguesa alemana, por nombrar algunos son platos que han nacido en la más completa y absoluta humildad, usando cereales como el trigo, el arroz o el maíz cultivados en la huerta familiar; peces, mariscos y algas extraídos libremente desde las costas; interiores de animales como el hígado, corazón o estomago que usualmente eran desechados por los patrones de antaño cuando mandaban a faenar un animal. De esa forma con sobras de la comida de otros y aquellos elementos de libre disposición las abuelas de nuestras abuelas crearon platos que fueran nutritivos y económicos a la vez.
Los años han pasado y estas humildes preparaciones, consideradas en alguna época como comida de pobres y menesterosos, se han convertido en algunos casos en platos de la más alta gastronomía a la vez de ser valorados por médicos y nutricionistas que destacan sus cualidades alimenticias por sobre el moderno fast food. ¡Qué sabias fueron entonces nuestras abuelas!, ¡De que maravillosa forma lograron alimentar con poco a numerosas familias! ¡Cuánta dedicación y abnegación hay en estos platos hechos con manos repletas de amor!
Ya no nos internamos en el oleaje buscando el cochayuyo ni cultivamos merquén en una huerta para secarlo durante todo el verano al sol, hoy día fácilmente podemos adquirirlos en cualquier mercado; por otro lado ya no están con nosotros nuestras abuelas indígenas, tampoco nuestras abuelas mestizas que cocinaban para el patrón ni nuestras abuelas campesinas que se preocupaban de alimentar a sus once hijos, pero ya sea siguiendo una receta o comprando un plato en un restaurant podemos saborear su infinito amor, sencillez y sabiduría que de alguna forma siempre las mantendrá a nuestro lado.

sábado, 5 de diciembre de 2009

Sobrevuelo (Republicación del 17/05/09)

Repetir entradas anteriores puede ser una porque se consideran dignas de ser republicadas o muestra de cierta sequía creativa, en este caso hay algo de ambas. El exceso de trabajo propio de las fechas para quienes trabajamos en comercio me ha impedido abocarme a meditar en la escritura tanto como quisiera y por otro lado hace poco días volví a visitar el lugar que inspiró esta entrada lo que actualiza y revalida las ideas expuestas.

El ave de la fotografía es un pequeño aguilucho de los que abunda en la desembocadura del río Aconcagua en ConCón; su imagen en pleno vuelo mérito absoluto de la cámara con que fue tomada; lo interesante es el fondo, las potencialmente contaminantes torres de la refinería de petróleo de Enap.

El Humedal de ConCón en la desembocadura del río Aconcagua es un lugar en extremo particular no sólo por los cientos de aves marinas que anidad allí deleitando a los ornitólogos aficionados con sus impresionantes coreografías en especial en los atardeceres de verano. Lo especial de este refugio natural es que se encuentra a menos de medio kilómetro de dos empresas que deberían ser altamente contaminantes casi por derecho propio, una es la refinería de petróleo de Enap y la otra es la planta de químicos industriales del gigante alemán de BASF, sin embargo ambas empresas de algunos años a esta parte han hecho un esfuerzo importante en reducir su emisión de contaminantes permitiendo que a pocos metros de ellos tenga lugar la mayor concentración de aves marinas en la zona central de Chile demostrando que industrialización y conservación son perfectamente compatibles en la medida que estado y empresa privada se lo propongan. Pero lamentablemente el Humedal no se encuentra fuera de peligro y su principal contaminación son los desperdicios dejados por sus visitantes.

Usualmente culpamos de la contaminación a las grandes compañías multinacionales que talan NUESTROS bosques, ensucian NUESTRAS aguas y oscurecen NUESTRO cielo, pero se nos olvida NUESTRA responsabilidad en el asunto, lo que nosotros debemos hacer en pro de la ecología y el desarrollo sustentable.

El punto no consiste en acallar nuestra conciencia no arrojando basura a la calle y depositándola en un tacho, eso es una medida básica de educación y no una solución a la contaminación porque sea desde nuestro suelo o desde un contenedor los desperdicios igual terminaran en un vertedero e igualmente en algunos casos tardarán siglos en descomponerse. El remedio consiste sencillamente en generar menos desperdicios.

Privilegiar los encases reciclables y por sobre todo los reutilizables, abandonar el excesivo culto al envase plástico (es necesario comprar todos los meses un nuevo pote de mantequilla si este se puede rellenar con la comprada a granel?) y por sobre todo dejar de pedir bolsas de nylon en cada compra que hacemos, es realmente insólito como en supermercados y multitiendas la gente pide bolsas para transportar cosas que caben en sus bolsillos o que perfectamente pueden ser llevadas en la mano, bolsas que solo minutos después terminan en un tacho de basura.

La actividad industrial y la preservación ecológica deben aprender a coexistir, pero poco importarán los planes descontaminantes de las grandes empresas o los gobiernos si el cambio no ocurre primero en nuestros hábitos cotidianos, así que primer paso DEJE de pedir bolsas plásticas.

Actualización: En los últimos mese se ha ido masificando el uso de bolsas plásticas biodegradables hechas en base al almidón obtenido del maíz, las que se una vez enterradas se consumen en un par de meses. Indudablemente parece la solución a lo antes expuesto, pero hay que detenerse a pensar que su uso a gran escala implicará la necesidad de destinar más terrenos al cultivo de maíz lo que sumado al uso de etanol (obtenido del mismo grano) como biocombustible indudablemnte culminara en la tala de inmenzas hectareás de bosque para ocupar su suelo con fines agrícolas además de un obvio encarecimiento del costo de los alimentos. Creo que cambiar la contaminación por menos hectareas de bosque y escacez de alimento no es un negocio inteligente, la solución sigue siendo volver a la antigua bolsa de género (mil veces reutilizable= y DEJAR de pedir bolsas plásticas.

lunes, 30 de noviembre de 2009

Un Lugar al que Regresar

Llegó Diciembre junto a él la Navidad y como trabajo en el comercio en esta época los días se me pasan volando entre atender la fiebre consumista de los clientes, reponer los stock de mercadería, coordinar despachos, organiza turnos de trabajo, para regresar rendido a casa, comer algo, dormir un poco e iniciar otro día igual que el anterior. En esta vorágine cuando nuevamente tenga tiempo de descansar sin quedarme dormido al instante y sumirme en mis pensamientos me encontraré ad portas de Enero, para mí el mes más ansiado del año no sólo por la llegada del verano austral sino porque es sinónimo de “merecidas vacaciones”, quince añorados días que justifican un año de esfuerzos.
La elección del destino para pasar las vacaciones siempre ha sido un asunto al que le he dedicado una suma importancia, y creo que más importante que el lugar elegido en sí son las razones para viajar hasta allí.
Cuando contaba quince años me limitaba a acatar, a veces a regañadientes, el lugar elegido por mis padres para vacacionar; ya en los veinte mi principal motivador era un destino en donde la cerveza fuera barata, abundaran los locales nocturnos y la fiesta no tuviera fin; hacia los veinticinco, como es propio a los primeros años de matrimonio, quería descubrir el rincón más romántico del mundo; luego en los treinta, con el mismo matrimonio ahora llegado a brusco fin, sólo quería hallar un refugio donde sanar mis heridas; llegando a los treinta y cinco mi búsqueda estuvo orientada a la aventura y los deportes extremos, quizás como una forma de aferrarse a la juventud que comenzaba a marcharse inexorable.
Mucho he pensado que es lo que me motiva ahora ya casi encima de los cuarenta, indudablemente la principal razón es compartir experiencias y descubrir lugares junto a mi hijo adolescente que tal como lo hiciera yo sólo se limita a aceptar mis en ocasiones alocados planes veraniegos. Pero de alguna forma el verdadero elemento motivador, la verdadera búsqueda, está en construir “futuras nostalgias”, imágenes, vivencias y conversaciones dignas de ser recordadas algún día cuando sean imposibles de repetir, no me refiero a esos viejos videos caseros que los abuelos muestran a sus nietos para demostrarles que sus padres también fueron niños en alguna época, me refiero a esos lugares que quedan grabados no en la mente sino en el alma, aquellos a los sin importar el paso del tiempo se hacen tan parte de uno que siempre dan ganas de regresar. Eso es lo que busco para estas vacaciones un viaje que me lleve a un lugar al que querer regresar.
Tengo medianamente definido mi próximo destino, pero de él de seguro les contaré en los primeros días de Febrero, por ahora les comparto el lugar de la fotografía al que llegué casi por casualidad hace un par de años: se trata de Yumani, un asentamiento aymara ubicado en el costado oriental de la Isla del Sol en medio del Lago Titicaca en el altiplano boliviano. Para llegar hasta allí se debe navegar por más de una hora desde el puerto de Copacabana por las aguas turquesas del ojo de agua andino hasta bordear los rocosos acantilados que coronan el extremo sur de la isla donde es posible contemplar las ruinas de un palacio incaico construido hace más de quinientos años. Luego de bordear los filosos roqueríos por más de media hora se accede a una pequeña playa de no más de ochenta metros de extensión y unos quince de profundidad cubierta de una fina arena blanca con un embarcadero de piedra justo en su centro en el que usualmente recalan vistosas embarcaciones hechas con totora como las que surcaban el Titicaca en la época prehispánica. La arena es seguida por un frondoso prado de un intenso verde luego del cual se alza la suave pendiente de una colina que asciende a la parte alta de la isla coronada de grandes árboles cuyas copas parecieran inclinarse hacia las aguas. En uno de sus extremos, casi oculta entre la floresta, se encuentra una escala de unos cinco metros de ancho construida por los antiguos incas en piedra blanca de cantera con peldaños de regular altura y que sube por la pendiente unos cincuenta metros hasta alcanzar una vertiente enlozada en roca cuyas aguas descienden canturreantes por el costado de los peldaños hasta unirse con el Lago.
Paradojalmente la constante búsqueda de nuevos lugares a los que querer regresar de seguro me impedirá regresar algún día a Yumani, para aunque nunca vuelva a estar allí de alguna forma tampoco nunca he regresado de ese viaje y una buena parte de mí se quedó eternamente sentada en la hierba junto a la fuente del Inca una soleada tarde de verano observando a los tímidos y distraídos comuneros aymaras que llenan sus vasijas de greda con las aguas del manantial, mientras en la pendiente de la colina algunas mujeres se dedican a sus tejidos y otras pastorean algunas cabras. Abajo el Titicaca como un espejo refleja el profundo azul del cielo andino hasta perderse en el horizonte donde parece fusionarse con las cumbres nevadas de Los Andes orientales.

viernes, 20 de noviembre de 2009

Devoción

Hace algunos días recibí un mail invitándome a participar en un concurso fotográfico patrimonial organizado por la Municipalidad de Valparaíso. Busqué entre mi archivos digitales y encontré está foto que titulé Devoción y la envié para participar en la categoría "Patrimonio humano, inmaterial e intangible".
Fue tomada con ocasión de la Festividad de San Pedro, patrono de los pescadores, que se celebra cada 29 de Junio siendo la principal fiesta costumbrista y religiosa de la ciudad. Pero a pesar del colorido de la celebración en esta ocasión no me quedé con la imagen de San Pedro llevada en procesión por cientos de pequeños botes finamente adornados recorriendo la bahía porteña, tampoco me quedé con las compañías danzantes que llenan de gritos, música y saltos las calles de la ciudad, tampoco me quedé con los mimos, malabaristas y batucadas congregados en los recintos portuarios.
Me quedé con esta humilde mujer que a duras penas se abrió paso en la multitud tan solo para acercarse por unos minutos a contemplar con devoción la imagen de su santo, quizás agradeciéndole los favores recibidos quizás rogándole que prontamente le abra las puertas del cielo. Me quedé con sus andrajosos ropajes, me quedé con sus intensos ojos cafés, me quedé con su pelo enmarañado bajo su gorro de paño, me quedé con su cara curtida por el sol, me quedé con las profundas arrugas que cruzan su piel, me quedé con la enigmática mueca de su boca, me quedé con su serenidad, me quedé con su dejo de tristeza.
No sé si la fotografía logrará algún reconocimiento, tampoco es lo que me motiva al tomarlas, yo simplemente me quedo con su rostro tan callado pero que a la vez me cuenta tantas historias.

domingo, 15 de noviembre de 2009

Trazos al Carbón

Permítanme contarles algo de Lota, una ciudad sin presente que avanza a paso firme rumbo al pasado como una forma de salvar su futuro.
Los inmensos yacimientos carboníferos presentes en el subsuelo lotino la convirtieron en el motor de la Revolución Industrial en Chile a finales del siglo XIX. De la mano de la extracción minera llegaron los avances tecnológicos: en Lota se instaló la segunda central hidroeléctrica de América latina diseñada por el mismísimo Edison, fue una de las primeras urbes chilenas en contar con alumbrado público, telégrafo, luego teléfono y sala de cine. La aristocrática familia Cousiño Goyenechea, dueña del mineral, construyó mansiones que pudieron ser la envidia de cualquier príncipe europeo y el parque botánico más completo del hemisferio sur en su época. También las duras condiciones de las labores extractivas permitieron que en Lota surgieran los primeros conflictos sociales, los movimientos obreros y las reivindicaciones sindicales.
Luego de más de un siglo de explotación del carbón los lotinos no se dieron cuenta que el mundo había cambiado, quizás por permanecer sus hombres tantas horas bajo tierra horadando la roca y sus mujeres en la iglesia rezando para que sus padres, esposos e hijos regresaran a salvo a casa, recibieron como una inesperada y desagradable sorpresa la noticia del cierre de las operaciones de la mina a mediados de la década del noventa. Conceptos como “elevados costos de extracción”, “búsqueda de fuentes de energía no contaminante” y “actividad laboral de alto riesgo” les resultaban incomprensibles, solo entendían que en la mina aún quedaban miles de toneladas de carbón que podía seguir siendo extraído.
De poco sirvieron los planes de reconversión laboral impulsados por el estado y los incentivos a la instalación de nuevas empresas, el dinero de las indemnizaciones prontamente comenzó a escasear. En ese escenario paulatinamente jóvenes y viejos comenzaron a abandonar la ciudad en busca de nuevos horizontes y Lota pareció condenada a una lenta agonía que de seguro culminaría convirtiéndola en un pueblo fantasma al igual que las abandonadas oficinas salitreras del desierto de Atacama o los campamentos mineros del oeste norteamericano deshabitados una vez finalizada la fiebre del oro.
Algo cambio este sino trágico, quizás fue algún loco turista gringo interesado en vivir por un día la experiencia de internarse en las profundidades del Chiflón de Diablo, el más peligroso pique de la red de túneles que conformaban la mina principal; quizás fue algún excéntrico botánico interesado en recuperar la belleza del parque botánico de la ciudad; quizás fue algún grupo de estudiantes de sociología interesados en explorar la vida en el Chile de finales del siglo XIX.. Sea cual fuere el inicio en algún momento se abrieron los piques, se pintaron de vivos colores los antiguos galpones, se restauraron sus mansiones y se decidió rescatar el una vez glorioso pasado carbonífero.
Los mineros retirados tomaron nuevamente sus trajes olvidados y regresaron a las profundidades de la tierra ahora como guías turísticos mostrando a los visitantes las duras condiciones en que trabajaron ellos, sus padres y sus abuelos. Los jóvenes comenzaron a vestir trajes de la época victoriana, como la chica de la fotografía, con los que actualmente muestran a los turistas las bellezas y excentricidades de mansiones y jardines señoriales. De paso se reabrieron los restaurantes que recuperaron los menús olvidados hace casi un siglo y los hoteles adornados de mobiliario belle epoque.
Visitar Lota es regresar por un momento al pasado, contemplarlo como si se estuviera en un gigantesco museo viviente, aprender de él, de nuestros aciertos, de nuestros abusos, de cómo se explotó sin piedad no solo los yacimientos sino por sobre todo a los hombres que trabajaban en ellos, de cómo permitimos que muchos vivieran en la más completa miseria mientras unos pocos llevaban una vida de reyes, pero también aprender de las ilusiones de hombres que solo buscaban que sus hijos tuvieran un futuro diferente y mujeres que solo añoraban ver llegar a sus hombres cada atardecer.
Lota parece pintada en trazos de carboncillo, en blanco y negro sin matices, llena de imperfecciones, pero allí radica su belleza, y de seguro seguirá explotando su pasado por los siguientes diez mil años hasta que el carbón bajo ella termine de convertirse en diamantes.

Al abuelo que no conocí porque un día trastabilló en un embarcadero con noventa kilos de carbón en su espalda; a la tía que no conocí porque la vida se le fue en la cama de un insalubre galpón consumida por una difteria, tuberculosis o fiebre tifoidea mal diagnosticada; a la abuela que no conocí porque tanto sufrimiento terminó por llevarse su cordura y después su vida; al padre que si muy bien conocí y amé, el que a los diez años se internó por primera vez en las profundidades de la tierra, el que emigró en busca de nuevos horizontes, el que logró cambiar su suerte y el que por alguna razón misteriosa hasta el último instante de vida soñó con regresar algún día a Lota.